Alexis Moreano Banda (Quito, 1971) es artista videasta, realizador de cine experimental, investigador en artes radicado en París y programador de EUROCINE ec 2025.
La película inaugural del festival Eurocine Ec 2025, When the Light Breaks, del realizador islandés Rúnar Rúnarsson, se abre con unas tomas filmadas a la orilla del mar, al momento preciso en el que el sol cae tras un largo día de verano. Una joven pareja se abraza para mirar el crepúsculo. Las partículas del aire marino acarrean los rayos de luz que poco a poco se van perdiendo tras el horizonte, fusionando los cuerpos de los personajes en una sola silueta, ligera, vibrante, casi inmaterial. Un día termina al instante mismo en que otro comienza. Un ciclo se cierra, uno nuevo se anuncia, la vida sigue su curso.
En la misma línea que el arranque de la película, esta nueva edición del Eurocine marca también la conclusión de una etapa y el inicio de una nueva fase, a la que el festival llega transformado, cargado de la experiencia acumulada en más de veinte años de trayectoria, pero impulsado aún por las mismas energías y motivaciones que le dieron origen y lo echaron a andar: la apuesta por un cine de arte, diverso y disruptivo; el placer de descubrir más mundos en el mundo, de aventurarnos fuera de las convenciones y exponernos a la sorpresa.
Esta impresión de que el festival había transitado un largo periplo, a cuyo término re-encontraba intactos sus impulsos fundacionales, nos sugirió la idea de organizar la edición de este año alrededor de la figura de los “retornos”. Una noción plural, abierta, abarcadora, capaz de reflejar el giro que ha operado el Eurocine ec y de servir, a la vez, como piedra angular de una programación que reúne una veintena de películas muy distintas entre sí. “Retornar” es redescubrir, revisitar, relanzar, y en nuestro caso reencontrarnos con una pulsión inicial, con un lugar de origen, con un equipo fundador.
Ninguna de las películas que componen nuestra selección fue elegida en función de una temática en particular, y sin embargo la figura de los “retornos” se reconoce en cada una de ellas bajo una u otra forma, como una suerte de hilo invisible que las atraviesa todas y da cohesión al conjunto. Así, una de sus formas más recurrentes implica el retorno a un lugar que se había dejado atrás o a un momento suspendido en la historia. En Tarika, del búlgaro Milka Lazarov, un padre se refugia en la comuna de su infancia junto a su joven hija, afectada de una rara enfermedad transmitida por su línea materna. Creyendo protegerla de un destino trazado, que la ciencia le señala y él se resiste a aceptar, termina enfrentándose con el repliegue comunitario y la persistencia de la superstición de los pobladores que atribuyen a la pequeña unos maléficos poderes sobrenaturales, ignorantes de la verdadera naturaleza del mal, un mal profundamente enraizado que sólo la poesía y la fantasía conseguirán desarmar.
En la película Vermiglio, de Maura Delpero, ambientada en un poblado al norte de Italia a finales de la Segunda Guerra mundial, el retorno de un soldado al hogar familiar en compañía de un camarada de armas, marca el advenimiento de una nueva época que trastoca violentamente el retorno cíclico de la tradición, e impone el crecimiento acelerado de las jóvenes protagonistas.
Simétricamente, en Misericordia, el más reciente film del cineasta francés Alain Guiraudie, el personaje principal es un joven de la ciudad que retorna al poblado rural de su juventud para asistir a un entierro y se encuentra en un constante desfase con un modo de vida que le resulta anquilosado, impermeable a su libertad de espíritu, para tarde comprender que la figura más convencional de la tradición puede también encarnar la más depurada forma de emancipación.
Nosotros, los Wolf, del cineasta ecuatoriano radicado en Alemania Darío Aguirre, también pone en escena un retorno al lugar natal, pero que en este caso se proyecta hasta un tiempo remoto, cuando empezaba a forjarse una historia familiar que por más de un siglo sería falseada, impostada, silenciada, a la imagen de la historia de este país nuestro, tan propenso a inventarse linajes heroicos mientras niega sus verdaderos orígenes y descuida a sus hijos.
En una línea afín, Soundtrack to a Coup d’État, el ensayo fílmico del director belga Johan Grimonprez, propone un retorno a un período histórico que todavía no ha sido suficientemente explorado, en el que el espíritu de libertad que guiaba las luchas independentistas en el continente africano, y que resonaba en el florecimiento simultáneo del free jazz, fue brutalmente coartado por la injerencia de las ex-potencias coloniales europeas y el nuevo imperialismo estadounidense.
Hay retornos más difíciles que otros, y quizás ninguno tanto como retornar a la vida tras experimentar una pérdida trágica, como lo examinan con delicada justeza la película alemana Miroirs nº3 de Christian Petzold y la ya mencionada When the Light Breaks. Dos obras que, cada cual a su manera, proponen una meditación sobre el duelo que subraya la necesidad de no sólo aprender a aceptar una falta irreparable, a acogerla en la vida que nos queda, sino de abrirse al otro y compartir la carga para poder superarlo.
Y esto es precisamente lo que intenta hacer, con gran dificultad, la protagonista de Kontinental ’25, quien no logra desprenderse de un sentimiento de responsabilidad ante el suicidio de un mendigo, de cuyo fantasma pareciera hacerse cargo ella sola, aún sin tener culpa alguna. Realizada por el rumano Radu Jude con un simple iPhone y una producción mínima, la película hace eco al film de Roberto Rossellini Europa 51, en una modalidad distinta de pensar los retornos, en tanto re-visitación de la historia del cine.
Como es también el caso de la película de Paola Cortellesi Todavía hay un mañana, que retoma el aspecto del neo-realismo y de la commedia all’italiana no desde una perspectiva posmoderna, des-historizada, sino al contrario, como un modo de subvertir sus códigos y marcar la distancia que nos separa de un tiempo que quisiéramos haber superado, pero cuyas fuerzas oscuras se agolpan a nuestras puertas y bien podrían tornarse de nuevo dominantes, en cualquier momento. Para Delia, la protagonista, cada día que empieza es igual al anterior, uno más en el que la misma brutalidad de siempre recomienza. Una violencia atávica que se repite sin cesar, y que no cesará de repetirse hasta que un coro de millones de voces silenciadas consiga desafiar al eterno retorno de lo mismo, dando por fin paso a un mañana distinto.
Para el torero protagonista de Tardes de soledad, cada día de faena se desarrolla siguiendo una rigurosa rutina que el cineasta catalán Albert Serra filma meticulosamente. Una rutina perfeccionada a lo largo de siglos, que modela el cuerpo y el espíritu del matador, y de cuyo respeto su vida depende. Serra, que película tras película no ha cesado de retratar el fin de las cosas, no sólo nos da a ver como nunca antes una tradición y un arte condenados a desaparecer (la corrida), sino que nos da a comprender por qué es justo que así sea.
El espacio de esta columna no permite mencionar cada película ni abordar cada forma de los “retornos” reconocible en nuestra selección, pero mencionaremos al menos una última, que implica operar un giro total, dar la vuelta a algo y descubrirlo transformado, completado, distinto de lo que era aún siendo el mismo. Es singularmente el caso del paso de la infancia a la juventud, de la pérdida de la inocencia, o del fin de una relación. Todo el proceso puede acontecer en apenas un día, como en la película húngara 2 de enero de Zsófia Szilágyi o, una vez más, en When the Light Breaks. O puede tomar varios meses o años hasta cristalizarse, como en el film noruego Sueños de la “Trilogía de Oslo” de Dag Johan Haugerud, en Bird de la británica Andrea Arnold o en El Espíritu de la colmena, de Víctor Érice. Historias de iniciación, de transición, de metamorfosis, que nos muestran que tras la culminación de un ciclo siempre hay uno nuevo que se perfila, que nos invita a seguir andando, a seguir creyendo, como una promesa…

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