Por María Emilia Valencia
No hay que negar el carácter de importancia que se le da a los premios de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood. Decirlo o hacerlo es algo necio y torpe; es renegar de una experiencia de cultura popular que medios, expertos y consumidores de cine —así como no conocedores— califican de reflejo de calidad. Es más, nos gusten o no, cada año experimentamos una sensación de curiosidad por conocer qué películas están nominadas al Oscar. Y si bien hay personas que soportan ver toda la premiación, la mayoría nos enteramos sobre quiénes ganaron y quiénes no al día siguiente, por redes sociales.
 Sin embargo hay un “pero” mayúsculo: ¿son realmente relevantes los premios Oscar? La respuesta parece obvia.
Noah Zweig, docente investigador en la carrera de cine de la Universidad de Las Américas, considera que premiar el arte es algo muy subjetivo y arbitrario. Y en ese marco, los Oscar son un espectáculo más que entretiene a quienes lo miran, en el que no hay nada relevante como muchos piensan. “Es un grupo de celebridades que llevan vestidos ostentosos y trajes de mono que se celebran a sí mismos”, dice Noah. Eso porque premiar a las películas es solo una parte de todo lo que ocurre detrás, como tratos millonarios de parte de marcas para que sean usadas en la gala. En realidad, los Oscar importan porque es el segundo evento con mayor rating en la televisión estadounidense después del Super Bowl — aunque el 2018 llegó al nivel de audiencia más bajo de su historia reciente, con 26.5 millones de espectadores, lo que significó una rebaja del 19% frente a la cantidad de televidentes del 2017. 
Al hablar de los premios Oscar hablamos de la visión hollywoodense del cine. Entretenimiento a la cabeza. Buen entretenimiento, pero entretenimiento al fin.
Industria, con estudios que gastan toneladas de dinero en hacer y promocionar sus películas; insistencia, regalos  o lo que sea —los expertos lo llaman lobby—para convencer a los miembros de que su película es perfecta para ganar. ¿Puede existir arte o al menos, autoría, en este tipo de situaciones?  Claro, se puede y a veces sucede. Sin embargo, lo importante para que una película sea tomada en cuenta es el lobby. Punto. Esto consiste en ganarse a los 6.261 miembros de la Academia con derecho al voto. E incluye proyecciones privadas, salidas a almorzar, carisma del elenco y mucha publicidad pagada. Según la revista Variety, las compañías cinematográficas gastan entre tres y 10 millones de dólares para que sus nominados estén visibles en todo lado. Esto nos da a entender que la mercadotecnia tiene mayor peso que la calidad artística de la película. Tom Nunan, productor ejecutivo de Crash, película ganadora del Oscar en 2006, dijo a AFP: “No puedes sentarte a esperar a que la película haga el trabajo por ti”. Me pregunto, ¿Cuántas películas buenas no han sido tomadas en cuenta por falta de presupuesto para auto promocionarse? Otra respuesta obvia.
Según un estudio de la Universidad de California, es más probable estar nominado por una película dramática.
La nominación de Pantera Negra nos habla de estos procesos. Y sí, tiene un mensaje importante sobre la reivindicación afroamericana en el cine y sin duda es todo un fenómeno cultural, especialmente en Estados Unidos: es la película sobre la que más se ha escrito en Twitter en el 2018, con más de cinco millones de tuits. Y eso no se puede considerar poco. Diego Coral, director de la Cinemateca Nacional Ulises Estrella, lo define con claridad al comentar que si bien en las películas de Marvel siempre hay una estructura establecida —como una fórmula que funciona en un público masivo—, Pantera Negra se ha destacado porque aborda el conflicto de una manera diferente: “Nos lleva a planteamientos un poco más complejos, de identidad, de memoria, de territorio.” Al ser el primer filme de superhéroes nominado a Mejor Película, la polémica estaba servida. Por ejemplo, el cineasta Felipe Egas opina que esta película no merecía este “reconocimiento”, ya que no ofrece nada al arte que debería ser el cine. Enfatiza el hecho de que el uso de pantallas verdes para las escenas solo favorece al uso de tecnología lo que, según su criterio, no tiene por qué ser considerado artístico. 
Siempre ha existido una problemática acerca de los nominados y ganadores.
En general se prefiere los dramas. Como si solo en este tipo de películas existiera calidad. Noah Zweig recalca que las películas de comedia ganan rara vez una categoría y hay algunas de este género que son consideradas buen arte, pero que no han recibido un Oscar, como El Gran Lebowski. El caso estrictamente contrario es el de ganadores  que no les importa mucho este galardón.  Era 1970 cuando George C. Scott ganó y rechazó su premio por su actuación en Patton, ya que consideraba degradante la idea de competir. Y quizás lo es. Desde que somos pequeños y pequeñas nos incitan a vivir en competencia y la idea del segundo lugar se vuelve terrorífica.
Algo parecido sucedió en 1973, cuando Marlon Brando no aceptó su premio como mejor actor por El Padrino como rechazo a la discriminación, tanto del gobierno como de Hollywood, a los nativos americanos.
Alfonso Cuarón, que ha ganado este premio antes con Gravity, en 2014, tiene con su último filme, Roma, 10 nominaciones. Este es el primer largometraje latinoamericano hablado en español —y mixteco— nominado a Mejor Película y la primera película de una plataforma streaming, Netflix, que ha llegado tan lejos. A pesar de ser transmitida en esta plataforma, también fue proyectada en salas de cine —como la sala de nuestro OCHOYMEDIO.
 La polémica de hace un año que existió cuando el Festival de Cannes se negaba a transmitir películas de Netflix ya no es tan relevante; con esta nominación se entiende que la audiencia se debe adaptar a los constantes cambios que existen en el terreno audiovisual.
En definitiva, más que hablar de calidad ante el Oscar, hablamos de oportunidad, de entretenimiento, de industria, de drama, de propuestas económicas que beneficien a estudios y empresas estadounidenses,  de posiciones políticas y del poder del marketing. Más allá del arte en un filme en particular,  la promoción parece marcar  la tendencia. Y hay que tener el dinero para llamar la atención. Eso lo saben algunas películas ecuatorianas que han sido parte del proceso de preselección para llegar a ser nominadas en la categoría de Mejor Película de habla no inglesa —como Silencio en la Tierra de los Sueños (2013), Sin Muertos No Hay Carnaval (2016) y A son Of man (2018)—. Porque si bien han contado con el apoyo del Estado, al no tener el presupuesto suficiente para su promoción en el mercado de USA —¿o quizás la calidad necesaria?— la nominación parece estar muy lejos. 

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