Por la señorita Kenton, la nueva ama de llaves*
El Estado no tiene por qué darme nada por ejercer mi tarea de escritor, algo a lo que nadie me obliga y que he elegido. Aceptar dinero del Estado como un premio me habría parecido sinvergonzonería. Eso sí cuadra con algunos escritores, de los que no diré nombres, pero no conmigo.

 

Javier Marías.
1.
Subo y bajo de peso, sobre todo mis tetas, a causa de la menopausia y esa voracidad por pedir doble ración de paella con repetidas copas de limoncello.
Mientras lavo a mano mis pantimedias, esta tarde de domingo, pienso en un país tremendamente exagerado, irreal, burocrático que podría llamarse Ecuador, que inefable nombre la verdad, no me suena a nada.
Es que yo soy una inglesa bien quisquillosa. Hasta a la Princesa Diana le pongo defectos (por cierto El Príncipe Carlos me cae súper bien). Ya me conocen. Después de dos divorcios, una se vuelve jodida o simplemente habla tonterías.
Qué pereza opinar de la burocracia, en vez de caminar por Madrid en busca de un nuevo corrector de ojeras. Voy leyendo en el metro a Thomas Bernhard y en la noche quiero ver una película de Wes Craven.
Ecuador es lento, tardío en producir conceptos claros, pero intenso en su forma de desbaratar la lógica y el sentido común.
Un país que ama ser abstracto, folclórico y tímido.
Un territorio plagado de leyes, hasta para abrir el grifo de agua.
Leyes que no se ejecutan, y que sirven de adorno para ponerlas junto a los plátanos, cocos y aguacates, en aquella tierra caliente, afiebrada.
Allí no hay filosofía. Pero si nostalgia, bufandas del sol, poderosos ignaros y mucho lavado de intereses.
Seco al sol mi ropa interior y miro cómo los encajes de mis pantys parecen mariposas de colores en el alambre de mi balcón.
Me he venido a Madrid a verme con Paco, un viejo amor adicto a los cubatas y a la posición 69 en la alcoba. Londres cada día es más desolé y sueño con vivir, algún día, en una cabaña en un bosque chileno.
Viví en Ecuador un par de años, me llamaba poderosamente el volcán Cotopaxi y la obra del escritor Jorge Icaza; y sé que a pesar de que corre el año 2025, allá, la república se vuelve a fundar cada día, es como si en el territorio ecuatorial el tiempo se hubiera detenido, congelado: burros, gallinas, un par de semáforos, casas culturales inanes, sapos y sapas, y humitas secas.
“La novelería excita y la tradición ya es asunto superado para los millennials, que ahora son dueños de los escritorios de poder”, me cuenta mi amiga Paquita que siembra cebollín en Nayón.
El mundo está plagado de imberbes con deseo de figurar. Nuestros hijos, nuestros monstruos o serafines, ahora están desarmándolo todo, en tanto suben a redes sociales sus caritas con filtros.
Con el discurso de lo joven nos estamos cargando la experiencia, poca o insuficiente que quedaba.
En 2007, fui testigo de un país que vio con ilusión y buena fe la creación del Ministerio de Cultura, un caro anhelo de intelectuales, gestores y seres humanos dedicados a las artes.
Y ahora lo desaparecieron.
Bukele, Trump, Milei, Elon Musk, viva el autoritarismo.
La urgencia del lucro sobre lo humano.
Yo prefiero el estilo del ex presidente uruguayo gordito y bonachón, sabio y siempre cargando a su perrita a todo lado, que murió hace poco, ¿cómo se llamaba?
Bueno, cómo sea, él era un buen sujeto. Un presidente que sí leía libros de literatura, que tenía un viejo pichirilo como su auto oficial, que llegaba rodando en esa carcacha a sembradíos campesinos (amaba a los campesinos y a los profesores) a ver las obras de riego, que dejó claro que el dinero no es ni la salud ni la felicidad. Y que el único poder es la paz del alma.
Es oficial, ha muerto el Ministerio de Cultura. Y este eco duele a medias, en un país conformado por una sociedad que no le dado poder ni aprecio a sus propios gestores y artistas.
Por eso resuena la frase, tanto en quien aplastó el botón como en quien escribe una novela en su casa: ¿a quién le importa la cultura en el Ecuador?
¿A la empresa privada, al Estado, a tu vecino, a tu amante, a la universidad pública?
¿A un Presidente?
¿A quién le importa?
2.
Amo la música de los ‘Beach Boys’. Amo depilarme suavemente las piernas mientras veo la cortina flotar al sol. ¿Soy adicta al sexo? Sí, un millón de veces sí. Como todas ustedes. La diferencia está en que yo lo digo sin empacho y busco provisiones.
Y, además, Paco sabe que lo puedo cambiar cuando yo quiera.
“En mi corazón cabes tú, y todos quienes me quieran dar placer”, le dije al imbécil. La primera vez que lo vi coqueteando con una de mis amigas en una fiesta de disfraces.
Ahora Paquita está a punto de perder su empleo en Ecuador y su hijo que es poeta (Licenciado en Artes Decoloniales y Narrativas Híbridas) anda llorando, el guagua.
Paquita es funcionaria pública, y se lamenta lo que sucede en su país. Fusiones y confusiones. Ministerios que se evaporan, desempleo, un territorio desmantelado de institucionalidad.
Cuenta que mucha gente se quedará en la calle.
Su hijo se preocupa que el Ministerio de Cultura cierre un ciclo, sin mucha gloria, pero con mucha pena.
Ecuador, ciertamente, es un país diseñado para una serie de Netflix dirigida por John Waters.
3.
Todo empezó en 2007. Un gobierno populista que olfateaba que a través de la manipulación de intelectuales, artistas y otros, inyectó su ideología en un segmento sensible a las arengas y cursilerías.
Explotó (y vació de sentido) palabras como revolución, patrimonio, decolonización, inclusión, diversidad, tradiciones, todo este chaulafán acompañado de una Inca Kola y Mercedes Sosa o Silvio Rodríguez, cualquier tonada que exude coros plañideros socialistas de mal gusto. ¿Por qué no poner una canción de los Rolling Stones o de los Beach Boys? Si algo tiene el socialismo, es mal gusto musical. Ces’t la vie.
El Ministerio de Cultura en sus inicios, al parecer, encontró una fórmula: generar un discurso social de inclusión y exaltación infinita a los choclos, a las habas y hasta al hornado. Y dos, dar dinero.
La folclorización de las expresiones sociales trajo consigo una debacle de las formas estéticas ante la arremetida de la propaganda.
Y ahora, en 2025, el gobierno de turno lo desaparece de un plumazo, con un mohín déspota. Como si apartara del camino una oficina superflua, ¿un despacho que no despacha? Pero además con indiferencia.
¿Si fuera el ministerio de Economía se procedería igual?
Seguramente hubiera existido un dialogo previo con las cámaras y sus representantes, empresarios, filiales, socios, exportadores…
Pero como es solamente Cultura, elimínese. Y con ello queda una vez más trasgredida y pisoteada la Ley Orgánica de Cultura (entre tantas otras regulaciones y proyectos), un mamotreto que fue tomando forma después de diez años de ‘cientos’ de borradores, y que hoy una vez más, al parecer, será sepultada en el olvido.
¿Dónde quedan los diálogos y mesas abiertas?
Muchachos, solo es cultura.
4.
Lo del Ministerio de Cultura es otro sueño roto con bandera ecuatoriana.
Mi amiga Paquita de Guayllabamba me pregunta si yo hubiera aceptado ser Ministra de Cultura, en el gobierno del loco, del traidor, del oscuro, del violento o del oportunista…
¿No te hubiera gustado empacar tus mejores galas y correr a tomarte una foto en Cannes como Ministra, a sabiendas que la única autoridad del festival es Al Pacino?
¿No te hubiera gustado tener chofer y ascensor privado?
¿No te hubiera gustado que te saluden todos con reverencias, a vos que no te hacían caso ni en tu cojudo barrio?
“Calláte ve”, le digo a mi amiguis Paquita de Guayllabamba y nos reímos orondas, mientras jugamos Black Jack a través de una video-llamada.
Pero yo le contesto: “verás, en primer lugar: hace falta ser bien naif o desubicado para ir desde el norte de Quito a Cannes, pensando que eres una estrella. En segundo lugar: lo que si me hubiera gusta ser es Ministra del Interior, para espiarle las llamadas a mi novio Paco, pues estoy casi segura que se anda follando a la vecina PhD en Cine Tailandés, que vive al frente”.
Vivir me Ecuador me hizo comprender que el realismo mágico está vivito.
“La patria maravillosa enrasimándonos salvajemente por siempre”, fue una frase de batalla que expuso el presidente de turno cuando se inauguró el Ministerio de Cultura, en una placita que vendían almuerzos a dos dólares.
Nunca comprendí que diantres significaba, pero sí supe que con esa frase nos iríamos el carajo y ya empezábamos mal.
Sistema Nacional de Cultura, política pública, Ruac, Ley Orgánica de la Cultura, Ministerio de la Mujer, Fondos concursables, Plan Nacional de Lectura, Salven a las Valdivias, todo se vuelve confuso.
Y cualquier retórica está de más.
Aquí no hay sentido ni sensibilidad, como reza la película.
La tijera presupuestaria de la ultra derecha palurda no sabe de lógica, planificación, lucidez, agudeza, Seneca o coherencia.
Pregunto: ¿a quién le importa que se edite una nueva novela con aires de John Banville en La Tola?
¿A quién le conmueve que un muchacho esté cultivando el arte de ejecutar un violín, en su pequeña buhardilla ubicada en Atuntaqui?
Qué pesar que en Ecuador no haya nacido todavía un Premio Nobel o un ganador de un Óscar. A diferencia de Colombia, Perú o Argentina.
5.
En estos 18 años que cierran el ciclo del Ministerio de Cultura ecuatoriano, me resulta súper interesante que (hipotéticamente) Ridley Scott, Roman Polanski o Robert Eggers hicieran una lista de las 10 mejores películas ecuatorianas que han nacido al amparo o la sombra del Ministerio.
Así también, Michel Houllebecq, J. M. Coetzee o Bret Easton Ellis hagan lo propio con la producción literaria.
¿Tendríamos sorpresas?
Este Glenfiddich de 18 años que me acabo de servir me pone soñadora. Tengo bonitos pies. Seguramente Tarantino me los besaría. O los filmaría en una de sus pelis.
Paquita me dice que con la desaparición del Ministerio (para ella el tema es súper importante y no para de hablar de él) “está en riesgo la institucionalidad de un Estado, y está por demás decir que la protección y promoción cultural hace un país con sello y trascendencia, allende de las exportaciones y la macro economía”.
La Paquita sabe, no es tan burra como parece.
“París no es París por el número de autos Peugeot que fabrica. Así como Argentina exporta la memoria de Borges como su patrimonio principal antes que los cortes de carne”, me dice la genia Paquita.
Reflexiono, ¿por qué aceptar liderar un edificio siempre en crisis, confuso, ambiguo, anodino?
¿Ego?
¿Vanidad de barrio?
¿Hambres atrasadas?
¿Compromiso con una cierta gestión cultural?
El pasado de un ministro/ministra (o de un director encargado) puede ser tan intrincado y precario.
Muchos de ellos —ces’t la vie— llegan al despacho, al parecer, del desempleo, de la anemia, o del anonimato más estéril.
6.
De los 11 o 12 o 33 (o los que fueren) ministros y ministras que pasaron por el Ministerio de Cultura desaparecido no recuerdo con precisión sus nombres.
Mientras me depilo las axilas reflexiono sobre mi apariencia física. Cuando era joven tenía los labios carnosos como Penélope Cruz.
Si fuera yo la titular de dicha ministerio ‘desaparecido en acción’ (el eslogan de Rambo 2), ante tal decreto de fusión y de confusión, no me demoraría ni un segundo en renunciar.
Pero esa soy, la señorita Kenton.
Desde luego, le digo a Paquita, se hicieron intentos importantes en el Ministerio de Cultura (es pura diplomacia mía), pero la pregunta de rigor es: ¿alguno de los ministros será recordado con grandeza?
¿Un país que llora la eliminación de ministerios, y olvida de la incompetencia de esos ministros, es un país retórico, que pedalea en el tiempo sin ruedas?
¿Las Venus de Valdivia se habrán enterado que Ecuador está endeudado hasta las orejas?
Ya la casa no da más.
En tiempos de vacas flacas y fondos monetarios, no se extrañen que sobrevenga el desmantelamiento de pequeñas instituciones que también son un valor simbólico.
¿Existe la plaza del libro en Ecuador?
¿Ideota, verdad?
Yo la llenaría de cafetines tipo Baires o Bogotá, mucha tertulia, librerías de viejos, un par de museos, conferencias filosóficas sobre el monte de venus y del Panecillo, jazz, mucho jazz y blues (infaltable) y teatros y cines. Ah, y hasta una feria con circo y juegos de diversiones. Hermoso para leer y amar, mis dos debilidades.
Ahora mismo estoy releyendo toda la obra de Edith Wharton.
Por cierto, en más de veinte años, por qué será que el Ministerio de Cultura en alianza con las casas de cultura (y la empresa privada) no pudo levantar la gran EDITORIAL ECUATORIANA que tanto necesitan los escritores locales y que hubiera sido la felicidad de Don José de La Cuadra, el genio olvidado.
Una casa editorial conectada con España, Londres, París, que realmente posicione a los autores nacionales.
No me den las gracias (también he trabajado como asesora de varios políticos despistados).
La cultura sí vende.
¿Lo dudan? Preguntadle a Netflix, impíos.
Hay una estructura fallida que huele, piensa y gasta mal.
¿Defender ministerios? ¿Crear organismos crediticios y de gestión calificada?
¿Defender elefantes blancos, edificios, monumentos?
¿Una piedra, dos piedras, tres piedras, una vasija de barro o un pasillo son esenciales para llamarnos Wellington?
Todo es tan confuso y ya me mereé.
Necesito urgente escuchar a Chet Baker o leer Huasipungo.
7.
Quizá Ecuador no existe o nunca existió; quizá solo es un delirio de Herman Melville, quien escribió diez bocetos sobre las islas Galápagos en 1854 (Las Encantadas).
“Los ecuatorianos son seres raros y únicos: duermen tranquilos en medio de fondos concursables, viven pobres en medio de fondos concursables y se alegran con el Premio Espejo”, no lo dijo Alexander Von Humboldt hace ciento ochenta años.
Pero podría haberlo dicho.
Ecuador y sus ministerios son un misterio.
Me gusta mucho Karol G, y últimamente quiero broncearme las piernas para bailar en Ibiza. Vieja loca, dirán, pero como me falla un oído, ya no presto atención.
«La mitología, la ciencia y la exploración espacial son asuntos que me han fascinado desde mi más tierna infancia. Y siempre estuvieron conectados de alguna manera con la música que escribo», dijo Vangelis.
Volviendo a Ecuador: chao Ministerio de Cultura y de golpe resucitan las nostalgias, los años setenta, esas izquierdas adiestradas en la retórica y esas derechas que cultivan el interés propio, la prepotencia palurda y de la hacienda de turno. Ese país más que dividido, confundido en la historia.
¿Recuerdan a aquel Presidente que dijo que no le gustaba leer?
¿O al otro Presidente que lee solo comics o El señor de los anillos?
Un presidente está obligado a leer Bienvenido Bob y Anthony Burgess autor de la célebre novela ‘La Naranja Mecánica’. Señores, en este libro (llevado al cine) está el Ecuador de hoy.
¡Descubridlo! ¡Abrazadlo! ¡Viva la juventud violenta!
¡Qué gran novela!
Ah, pero sobre esta coyuntura, las universidades y la empresa privada están calladitas.
Aquí en Europa, ambas financian proyectos culturales y de arte. Y lo hacen tanto como responsabilidad social y como conciencia de que el arte y la cultura nos devuelven la posibilidad de mirar con profundidad, empatía, sensibilidad e ironía la existencia.
«80% del presupuesto está comprometido con el gasto corriente», dijo un tipo de la tele, como si estuviera diciendo Feliz Navidad, impávido.
Chupar solo de la teta del Estado tampoco creo que sea una solución ni aquí ni en el Planeta de los Simios.
Recuerdo el caso de Wellington Javier un gordito que quería ser famoso en España copiando el estilo de Vladímir Nabokov.
Vaya gordo lluvioso, luego se sacó la lotería, heredó una salchipapería por la Vaca de Castro y se olvidó de escribir o quejarse.
Y como reza la canción chilena:
“Es mentira: Eso del amor al arte
No es tan cierto: Eso de la vocación
Estamos listos tú y yo para matarnos
Los dos por algún miserable porcentaje.
Es una humana condición
O es nuestro estúpido sistema
Es una nueva religión
O tal vez solo sea su emblema”.
El dinero siempre sienta bien, como dice Jorge González en su canción: ‘Quieren dinero’.
8.
Hasta el cierre de esta edición ‘El queso de Chone, ha sido declarado Patrimonio Cultural Inmaterial de Ecuador’.
Leo la noticia mientras me doy un paseo por el Museo del Prado en Madrid.
He dejado atrás México y pienso seriamente casarme pues la vejez me estorba y no me quiero morir de cáncer en soledad.
Dicen que la vejez es una etapa cuando uno solo quiere mucho dinero, mucho sexo y mucho dinero.
A la mierda el amor o los poemas de Benedetti.
A la mierda las novelas de Bolaño o esas películas que con el sello de independientes son abominables experimentos de algún muchacho amante de Gaspar Noé.
Bebo un té de durazno afuera del Museo del Prado, enamorada de un madrileño veinte años más joven pero mañoso; y reflexiono seriamente en mi amiga Paquita de Guayllabamba, ‘mi amiguis’ que votó en los últimos comicios por la derecha reinante.
Y lo que me cuenta Paquita es que resucita un país que rema con una sola mano.
Resucitan los recortes de la derecha y los discursos por la vida y la identidad de la izquierda.
¿Subirá la luz y subirá el precio de los moteles de Carcelén?
Todo parece una ficción o un programa de concursos con tómbola incluida.
Paquita dice que los fondos concursables llevan pliegos y formularios diseñados para el despecho, imposibles, que solo de ver sus bases uno quiere dedicarse a vender humitas.
Alguna vez Borges decía que su vida, su ego, su obra y pensamiento se sienten amparados por la cábala y ‘Las mil y una noches’. Claro, el genio argentino (lector de Spencer) despreciaba la incidencia del Estado en la vida personal.
Simplemente no creía en la necesidad de él. Sabía que todas sus decisiones serían fallidas.
La última vez que visite la capital, Quito, me di cuenta que no ha pasado de moda ni las humitas ni las bufandas.
Si a mí me preguntaran acá, en Londres, qué define mi identidad, quizá diría los ósculos de Paco o las pecas de mi gato Merlín.
También me define el árbol de Navidad de mi mamá fallecida de Alzheimer y si me pongo atrevida, las tres posiciones sexuales que repito siempre con Paco: 69, cucharita y la famosa ‘Crimen y Castigo’.
Pero bueno, cada aldea escoge sus propias luchas, muros ideológicos y anhelos.
Y se entrampa en cientos de leyes para imponer por la fuerza un desarrollo. Y se come el cuento de los periodistas que defienden a la derecha que los protege.
Paquita de Guayllabamba me dice que el gatopardismo es el ADN de Ecuador.
«Cambiar todo para que nada cambie», paradoja expuesta por Giuseppe Tomasi di Lampedusa (1896-1957).
«Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie», este parece ser el eslogan de los nuevos tiempos de juventud, en el planeta.
Raymond Carver pasó su vida trabajando como surtidor de gasolina, como conserje nocturno en un hospital, repartidor de comida, y nunca dejó de escribir.
Quizá nunca se enteró qué pasaba con el aparato estatal (de Estado Unidos) y ni siquiera se miró en el espejo para saber si era apache o esquimal.
Lo único cierto es que no dejó de escribir.
Y el genio del cuento moderno (con influencias de Chejov y Maupassant) dejó su huella no gracias a fondos del estado, sino a su calidad y genio.
Ya lo decía Javier Marías, “Yo no acepto dinero público ni siquiera como premio. Mi trabajo como escritor (su calidad) no depende del Estado Español”.
Por lo pronto, el debate ya no tiene nada que ver con una vasija de barro.
*La señorita Kenton es una sencilla ama de llaves, muy responsable y trabajadora, que brindó sus buenos oficios en la mansión Darlington, en Inglaterra, hasta cuando cumplió 50 años. Ahora reside en la ciudad de Nueva York y conoció de cerca el barrio La Floresta de Quito, en un invierno muy lejano y un paseo muy breve. Ochoymedio da la bienvenida a su pluma y augura que sus columnas no sean esporádicas y que nos deleite con su buen gusto.

Comments

comments