*Por Rafael Barriga
“Do The Right Thing” es una de mis películas favoritas de todos los tiempos. Casi me siento un padre realizado porque mi hija Matilde la seleccionó para presentarla en el ciclo de exhibición de cine que hace cada mes en el Ocho y Medio. Como en casi ninguna otra ocasión, me encanta saber que ella considera que es una película que la gente debe ver.
Hay algo personal, que me llega directamente sobre Spike Lee y “Do The Right Thing”. Quizás sea el hecho que la vi por primera vez, en la misma ciudad de Nueva York, donde ocurre el film, cuando fue estrenada en 1989. Yo era todavía un adolescente y lo hice en compañía de mi primer amor. Cuando salimos del cine conmocionados por la belleza y dureza del film nos juramos pasar la vida juntos –cosa que no ocurrió– y dedicaríamos todos nuestros esfuerzos por vivir una vida buscando la justicia social y la verdad –cosa que solo ha pasado, por lo menos en mi caso, a medias. Sea como sea, “Do The Right Thing” es de esas películas que te cambia la vida.
La película narra las complicadas, divertidas y trágicas cosas que pasan durante 24 horas en una cuadra del vecindario de Bedford-Stuvesant, en Brooklyn, Nueva York. Allí viven, principalmente, afroamericanos de clase trabajadora. En la esquina de la cuadra existe una local de pizzas, “Sal’s Famous Pizzeria”, regentado por un italoamericano. El día cuando ocurren los hechos es el más caluroso del año. La tensión racial y social, desde el principio, es evidente, y hacia el final, es materializada de una forma violenta y, como veremos, con alguna ambigüedad.
Pero el impacto comienza antes de que la historia inicie. La secuencia de créditos es inolvidable: al endemoniado ritmo del hip-hop de Public Enemy, con el tema “Fight The Power”, la actriz Rosie Pérez, al principio con un vestido rojo corto y ajustado, frente a un típico brownstone nuevayorkino, realiza una poseída coreografía de baile. Es una secuencia espectacular: brutal, expresiva, vital, los colores calientes, luego fríos, sonidos y visuales que armonizan la lucha y la belleza. Se muestra también a Pérez bailando de noche, con el sonido de un helicóptero de la policía sobrevolando; y con guantes de box y pantalones cortos frente a una pared de grafiti. Pérez mete y saca el pecho, con los brazos levantados y sus puños arriba. Frunce los labios y parece enojada, sensual, agotada. Rosie Pérez no está dispuesta a rendirse. Ella baila todo el tema, quizás la canción de protesta más bailable de todos los tiempos junto con “Pedro Navaja”. Luego de ver esa secuencia, uno sabe a lo que se atiene.
Lo que viene después: una serie de personajes –los moradores del barrio– cada uno con su carácter y su representación. Los viejos del barrio reunidos bajo una sombrilla, comentando lo que acontece: “si este calor continúa, se derretirán los casquetes polares y el mundo entero”, dice uno, adelantándose a los pensamientos de cambio climático de años después. Los chicos del barrio, sin trabajo, reunidos alrededor de la música o del hidrante de agua que han decidido abrir para mitigar el bochorno. Radio Raheem, un moreno de dos metros, camina por la calle con su boom box a todo volumen tocando “Fight the Power”. En sus manos tiene unos anillos de bronce que deletrean “amor” y “odio”. Tal como la vida misma. Mister Señor Love Daddy, el DJ de la radio del barrio, haciendo homenajes todo el día a la música negra de todo un continente. Smiley, un chico con discapacidad oral que vende y regala fotos de Malcolm X y Martin Luther King, las dos caras visibles y quizás opuestas del movimiento de derechos civiles negros en Estados Unidos. Buggin’ Out, el alborotador del barrio, el inconforme, el políticamente consciente. The Mayor, el anciano alcohólico, dueño de una voz proverbial y con una cita genial cada vez que habla. Por ejemplo, cuando un policía lo interroga para dilucidar los autores de una travesura de los chicos del barrio, el viejo dice: “Los que cuentan no lo saben, y los que saben no lo cuentan”. Y en el centro de todo: Sal, dueño del restaurante de pizzas, de mediana edad, que emplea a sus dos hijos holgazanes, uno de ellos abiertamente racista, y al mismo tiempo desconfía de su clientela predominantemente negra y se siente sentimental por haberlos “alimentado” a todos desde su infancia. Y Mookie, el joven negro empleado de Sal, interpretado por el propio director del film, Spike Lee, alma y vida del barrio, que lo cruza 100 veces al día entregando las pizzas a domicilio.
A medida que sube la temperatura, también aumentan las tensiones raciales, y las cosas llegan a un punto de ebullición cuando Buggin’ Out, brillantemente interpretado por Giancarlo Esposito, mira las fotografías en blanco y negro en el “Wall of Fame” de la pizzería de Sal, donde aparecen los ídolos italoamericanos Frank Sinatra, Joe DiMaggio, Al Pacino y Robert De Niro y exige saber por qué no hay “hermanos en el muro”. Es una guerra cultural, una guerra sobre la representación. Buggin’ Out sugiere, para asombro de Sal, que debido a que los afroamericanos constituyen prácticamente toda su base de clientes, tienen el derecho democrático a tener ídolos afroamericanos en la pared. Para el cine de Spike Lee, el racismo no es solo no hacer gestos abiertamente racistas; la omisión o la eliminación son igualmente insultantes. El cruce de palabras pasa, pronto, a la acción. La tensión se convierte en violencia. La violencia en caos. El caos en muerte. La muerte en fuego. “Do The Right Thing” empezó siendo un retrato de la cotidianidad de un barrio nuevayorkino y terminó siendo la enorme crónica de una sociedad racista, clasista, conflictuada y violenta. Es la historia de gente inocente siendo asesinada por la violencia policial. Es la historia del amor y del odio, como los anillos de Radio Raheem.
La película no termina al día siguiente, cuando todo se ha convertido en cenizas. En la pantalla aparecen dos citas aparentemente contradictorias, una de Martin Luther King, que nos deja saber que “la violencia termina por derrotarse a sí misma. Crea amargura en los supervivientes y brutalidad en los destructores”, y otra de Malcolm X, quien nos dice: “ni siquiera lo llamo violencia cuando es defensa propia. Yo lo llamo inteligencia”.
En una entrevista posterior, leí que Spike Lee dijo: “ambos hombres murieron por amor a su pueblo, pero tenían diferentes estrategias para alcanzar la libertad. ¿Por qué no terminar la película con una cita apropiada de cada uno? Al final, la justicia prevalecerá, de una forma u otra. Hay dos caminos para eso. El camino de King, o el camino de Malcolm”.
Han pasado 35 años desde ese día en que vi por primera vez “Do The Right Thing”. Su crónica de una situación de extremo conflicto no ha caducado. La justicia aún no ha prevalecido. Al contrario, la injusticia es universal y la bronca se ha endurecido en todas las instancias de la vida. El mundo de 2024 es mucho peor que el de 1989. Matilde, de 14 años de edad, quizás se ha dado cuenta de eso, del mundo que le ha tocado vivir, y como siempre “hay que hacer lo correcto”, va a mostrar esta obra maestra del cine, con el corazón en su mano, porque, también, le ha cambiado la vida.

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