
Alexis Moreano Banda
Programador Eurocine
La película de Valeska Grisebach, « La Aventura soñada », transcurre en un remota región fronteriza entre Bulgaria, Grecia y Turquía. Veska, la protagonista, es una arqueóloga de mediana edad originaria de estas tierras olvidadas por las autoridades y sometidas al dominio de clanes criminales, a las que ha regresado tras muchos años de ausencia para dirigir las excavaciones de una antigua fortaleza. En una escena especialmente evocadora, un miembro de la expedición descubre unas monedas enterradas a la entrada de las ruinas. Un rápido vistazo basta para constatar que las monedas habían sido acuñadas con metales de baja gama, en una época relativamente reciente, y que prácticamente no tenían el mínimo valor económico cuando quedaron allí abandonadas. Veska y su equipo, sin embargo, se agolpan en torno al hallazgo con una emoción sincera y contagiosa, como si se tratara de un auténtico tesoro. Esas simples piezas de metal daban cuenta de que alguien se había aventurado un buen día en esos vestigios, que durante siglos parecían no interesar a nadie. Una persona cualquiera, desconocida, les había precedido en sus exploraciones y, sin saberlo, había dejado tras de sí el testimonio de un mundo que ya no existe más, de un pasado cercano pero definitivamente perdido, que algunos habían llegado a conocer, pero que ahora se confunde con la historia antigua.
Este pasaje concentra varios tópicos y motivos que no sólo atraviesan el largometraje de Grisebach, sino también el conjunto de películas que componen la selección 2026 del festival Eurocine Ec. Películas que, pese a ser muy diferentes unas de otras, comparten un marcado interés por las fronteras, el viaje, la errancia, el choque entre realidades y temporalidades distintas, el anhelo de establecer un hogar lejos del lugar de origen, volcando con frecuencia la atención hacia los gestos y los objetos más triviales de la vida cotidiana, hacia esos acontecimientos aparentemente insignificantes que constituyen la verdadera aventura humana.
A mil leguas de las grandes hazañas de superhéroes y otros seres imaginarios, la verdadera gesta puede hallarse en la micro-epopeya de una pequeña familia que intenta disfrutar de un poco de descanso durante unas vacaciones en la playa, tal y como lo expone con justeza y agudo humor la bien llamada película de Sophie Letourneur « L’Aventura ».
En una línea similar, la película «Laurent dans le vent», codirigida por Anton Balekdjian, Léo Couture y Mattéo Eustachon, sigue las errancias de un joven de espíritu inocente, sin casa ni empleo ni plan de salida, que aterriza en una estación de esquí cerrada por fin de temporada. La cámara acompaña de cerca su deambular, marcado por encuentros fortuitos y relaciones fugaces, en una delicada oda al movimiento y a la apertura hacia los demás, a medio camino entre la fábula existencial y el retrato social.
La protagonista de « El amor que persiste », en cambio, es una madre recién divorciada que se muda deliberadamente a una isla con sus pequeños hijos para refundar un hogar y relanzar su carrera artística. El film de Hlynur Pálmason hace una crónica a la vez delicada y mordaz de sus esfuerzos por dejar atrás el pasado y forjarse una nueva vida, eludiendo hábilmente los escollos del naturalismo y el melodrama mediante una sucesión de planos que vuelven sobre los mismos lugares a intervalos distintos, focalizando en los pequeños desórdenes y sobresaltos cotidianos y alternando con destellos de imágenes fragmentadas, oníricas y casi abstractas que dan cuenta de cómo todo pasa y todo se transforma progresivamente.
La ilusión de partir lejos en busca de un nuevo hogar –que es siempre una manera de buscarse a sí mismo–, es explorada también en el ensayo documental «Tristan Forever». Dirigida por Tobias Nölle y co-escrita con Loran Bonnardont, la película se inspira de la historia real de este último, un médico francés que, abrumado por el sufrimiento que ha presenciado a lo largo de sus misiones humanitarias, decide un día dejarlo todo atrás y trasladarse a la isla más aislada del planeta, donde su gradual inmersión en un entorno tan rudo como fascinante, y el encuentro con los pobladores de la isla –incluyendo un peculiar pingüino–, terminarán por devolverle el reflejo de quien realmente es.

De manera similar, el conmovedor ensayo autobiográfico de Sharunas Bartas « Laguna » sigue al realizador y su pequeña hija durante una estancia de varios meses en la costa del Pacífico mexicano, a donde habían partido siguiendo los pasos de la hija mayor del cineasta, que había sido feliz allí antes de fallecer en un accidente de tránsito acaecido en su Lituania natal. Oscilando entre el diario íntimo y una meditación sobre los ciclos de la naturaleza y la vida, el film hace la crónica de este proceso de duelo y de re-encanto con la existencia, en el que padre e hija honran la memoria de la desaparecida aprendiendo a pasar el tiempo juntos, resolviendo el día a día con las cosas más elementales, apreciando cada cosa por lo que es, mientras dure, sin más.
Los viajes, por supuesto, no son nunca solamente geográficos y no siempre nos llevan a donde esperábamos llegar. « Vaterland » (« Patria »), de Paweł Pawlikowski, pone también en escena a un padre y una hija que se embarcan en un viaje con la esperanza de reencontrar un hogar que, en este caso, se revela para siempre perdido. Inspirada en un episodio real de la vida del escritor Thomas Mann y de su hija Erika, la película los acompaña mientras atraviesan su Alemania natal tras varios años de exilio, descubriendo un país quebrado por dentro, literalmente partido en dos, incapaz de verse de frente, irreconocible, en un viaje que, lejos de favorecer la reunión, termina por sellar su separación definitiva con el origen y con la vana imagen del prestigio tras la que enmascaraban sus propias fracturas internas.
El tema del imposible retorno al origen encuentra su eco en el de la casa familiar habitada por fantasmas que nadie se atreve a mirar de frente, en torno al cual giran varias películas de la selección. Películas que indagan en historias sombrías, silenciadas u ocultadas por largos años, de forma más o menos deliberada, que se encarnan metafóricamente en la figura de la casa pero que desbordan el cuadro de lo íntimo, al tocar inquietudes sociales, históricas y existenciales que, de una manera u otra, nos conciernen a todos.
En el film de André Gil Mata « A la luz de la candela », la casa de azulejos verdes en donde está ambientada la historia es un personaje en sí, al mismo grado que las dos mujeres que han vivido bajo su techo durante largas décadas y que la siguen compartiendo casi sin dirigirse la palabra. La cámara examina con movimientos circulares y planos largos el tiempo depositado en las paredes y los objetos, los gestos que han substituido a la palabra, desmenuzando la falsa calma del espacio doméstico con una atención casi arqueológica.

En « Je’Vida », de Katja Gauriloff, el retorno al hogar familiar obliga a dos mujeres de generaciones distintas a confrontar una identidad sistemáticamente borrada. Rodada en lengua sami, en un blanco y negro que permite a la vez subrayar los contrastes y entrelazar realidades que se excluyen, la película adopta los códigos de la fotografía etnográfica y del expresionismo poético para indagar en un drama histórico del que sólo la memoria personal puede aún dar testimonio, y que amenaza con silenciarse para siempre. Mientras que en film de la cineasta alemana Mascha Schilinski, « El Sonido al caer », la vieja casa habitada por generaciones de familias distintas encarna la prevalencia de un sistema de violencia profundamente enraizado, que las capas de pintura y el papel tapiz apenas consiguen maquillar, y que resurge episódicamente con el mismo horror.
En « Je’Vida », de Katja Gauriloff, el retorno al hogar familiar obliga a dos mujeres de generaciones distintas a confrontar una identidad sistemáticamente borrada. Rodada en lengua sami, en un blanco y negro que permite a la vez subrayar los contrastes y entrelazar realidades que se excluyen, la película adopta los códigos de la fotografía etnográfica y del expresionismo poético para indagar en un drama histórico del que sólo la memoria personal puede aún dar testimonio, y que amenaza con silenciarse para siempre. Mientras que en film de la cineasta alemana Mascha Schilinski, « El Sonido al caer », la vieja casa habitada por generaciones de familias distintas encarna la prevalencia de un sistema de violencia profundamente enraizado, que las capas de pintura y el papel tapiz apenas consiguen maquillar, y que resurge episódicamente con el mismo horror.
El film de Gianfranco Rosi « Pompeya, bajo las nubes » hurga también en lo invisible, en lo oculto, pero desde una óptica enteramente distinta. Lejos de perseguir fantasmas, la cámara filma a Nápoles desde los más inusitados puntos de vista, cuando no se hunde literalmente en sus entrañas físicas, revelando en cada toma las fuerzas que agitan una ciudad siempre a punto de desaparecer y las que todavía la mantienen en pie. Alternando entre lo subterráneo, lo terreno y lo aéreo, y casi sin recurrir a la narración, Rosi elabora un retrato de la ciudad tan sublime como inquietante, un recordatorio de nuestra transitoriedad que es, también, un elogio a la transmisión y a la capacidad de seguir viviendo, aún bajo la amenaza de la catástrofe. Como lo hace a su vez el artista y cineasta Ben Rivers, cuya fábula experimental « Mare’s Nest » nos lleva a un universo post-apocalíptico en el que no existen las personas adultas, en el que los niños interpelan los restos de nuestra cultura y re-imaginan la existencia humana desde la curiosidad y la inocencia. Cualidades que caracterizan también a la joven protagonista de « Un año de escuela », quien se abre un camino como única chica en un bachillerato técnico repleto de chicos con hormonas galopantes, en un país extranjero, con una lengua que no es la suya, para enrumbarse por fin hacia la edad adulta, allí donde los adultos de « Altas capacidades » no logran dejar de comportarse como infantes caprichosos.
Sin que nos lo hayamos propuesto deliberadamente, la selección de este año destaca por la gran variedad de películas que, además de poner en escena historias de desplazamientos, fronteras y vidas en transición, se construyen ellas mismas como un viaje que se adentra en universos dispares e inexplorados. Películas que navegan entre distintos géneros, formatos y soportes, que experimentan prácticas artísticas inéditas, que transgreden sin reparo los confines entre la realidad y la ficción, entre la observación documental y la invención poética, reconfigurándose constantemente ante nuestros ojos, inquietas, inestables, impredecibles, como la vida misma.