Wilma Granda N. 
La pregunta me toca e intento responder como una archivera o documentadora del cine ecuatoriano que empezó la tarea sin los tiempos suficientes y, la concluiría, entre lapsus también insuficientes, para intentar pensarlo.
“El cine es tan difícil de explicar, porque es tan fácil de entender”, afirma Cristian Metz. Y en esa dificultad a mi me place discurrir entre los exaltados antes y después de mi vida emocional dominada por la inoportuna fiebre hacia todos los Dumbos reales o metafóricos y a su triste canción en español Hijo del corazón. Cuando niña, creía se trataba de un elefantito volador y luego me di cuenta que era sobre la madre de un niño con cualidades especiales a quien le tocaba habitar un mundo cruel. Como todas las infancias que se le parecen, con similares miedos, represiones o angustias y, sobre todo, sin ninguna autoridad sobre ella misma. Y diría el cinéfilo Terenci Moix, con lo único que podía salvarnos y era transgredirla, convirtiéndonos en niños raros o adultos inauditos. Es decir, nunca oídos, escandalosos y/o vituperables.
Yo sí logré convertirme en niña rara y silenciosa por el uso excesivo, 24/7, de mis primeras apetencias musicales provocadas por el cine. Habría otras que las oiría grabadas y lo sabía, porque podía repetirlas incansablemente. No así con mi madre pianista quien, a veces, se importunaba por refrendarme cada vez que me daba la gana, el pasillo Patita Pontón, mi primera canción de cuna. Entonces, descubrí la calma del carraspeo adherido a la aguja del tocadiscos para un disco de vinilo LP- 33 revoluciones, o mediante el sopor lluvioso y sepia de imágenes musicales en una sala de cine. Todo mecánico, excepto mi exacerbado exilio interior que, posteriormente me abriría un camino hacia la soledad más disfrutada. Hasta hoy me solazo de habitar íngrima en una sala de cine y doy cuenta que mis grados de experimentación sensorial crecían desde cuando acudía a funciones continuas y de gancho, es decir, dos por uno, porque era gemela y, además, gordita.
Quizás por ello, padezco una sensación de menoscabo y ventaja, de muchedumbre y vigilia, porque nunca he podido volver a ser la misma luego de una canción tal o una película cuál. Ha ido in crescendo mi peculiar deslumbramiento por extender esas sensaciones de cine y música y convertirlas en archivos de papel que son, para mí, extensiones de la vida real.
Archivo quiere decir una carpeta, un armario u otro recipiente del corazón o del estómago, donde se organizan papeles bajo un orden conveniente. Y al descuido, también un caos donde brotan emociones distintas y siempre, para uso posterior, como en el cine. Al igual que todas las archiveras – la mayoría somos mujeres- manejo una contradictoria autoestima, entre grandilocuente e ínfima y, sin embargo, ese sitio emocional me otorga mi única sensación de referencia, mis ganas de habitar sigilosa entre ruidos y visiones que desordenan el mundo. Mis únicos lugares griegos u homéricos, en los que puedo deslizarme creando un mundo viviente, interrelacionado y, como diría Mireaux, dotado de encantamiento. Allí intercambiaba vida con mis protagonistas, a la espera de un barco de vela que abandone y persiga destinos, indiscriminados, sin tomar en cuenta rumbos, mares ni remos. Tal cual, una nave de los locos encaminada al auto extinguimiento de ese sol formado en mi nuca, por el cansancio.
Y no puedo deshacerme de los relatos expansivos, parsimoniosos, ociosos incluso, para todo aquello que sea mi propio cine y mi propia música porque ello me ha otorgado la noción de tiempo, desde cuando me nutria ensimismada en una peluquería – barbería, donde colgaban de pared a pared, sobre unas piolas, las codiciadas revistas: Cine Avance, Bohemia, Estrellas. Y, entre La pequeña Lulú o Chesman el bandido de la luz Roja, me volví adicta a coleccionar fotografías de artistas, títulos de películas, nombres de cantantes y textos de canciones. Entonces todo lo copiaba a mano, alfabéticamente, en un cuaderno rojo empastado y con páginas de registro contable. Por la noche, junto a mi lado más afectivo, transcribía las dedicatorias musicales que sonaban como en la película española Solos en la Madrugada de José Luis Garci y José Sacristán : “ … De lo que no cabe duda y todos lo sabemos es que tal y como vivimos, estamos fracasando….”. Entonces, Mavie o Amor Amargo, me acompañaban entre Alan Barriere, Boby Darin, Gloria Laso, Romy Schneider, Hitchcook, Tipi Hedren, Marisol y cada año -nos lo ponían las monjas- el infaltable Pablito Calvo quien moría lentamente, mientras Cristo descendía de la cruz, provocando en las niñas raras como yo, un llanto incontenible.
Y para no ponerme en falta con todo lo que no he mirado en películas y no he escuchado en temas musicales de películas, quiero cuestionar la falta de estima para el trabajo de los archiveros y no es un asunto personal o asunto del subsuelo en el que están los archivos. E insisto, no pocos podrían detectar que los archivos y archiveros, son como los detonantes de todas las tramas, las historias o relatos del cine y sin embargo son tan minimizados. Que ¿dónde y cómo están los archivos del cine y la música en nuestro país? ¿En el vacío, antes de encontrarlos o poseerlos? La silueta está encorvada, denota el duro trabajo de los archiveros que requieren concentración, esfuerzo físico y mental. Y sobre todo tiempo que es todo lo que la memoria y los archivos pueden proveer. Tiempo metafórico y tiempo real para conversar, para hacer cine y música, para hacer literatura, para dialogar entre archiveros, sobre archivos y desde archivos. Y también para y con el público. Tiempo para forjar la memoria y las diferentes voces que aportan al cine futuro.
Mi soporte subjetivo y objetivo para esta pregunta: ¿Puede el cine cambiar el cine? Tendría que ver con que, ante una imagen simultáneamente grandilocuente y desvalorizada de uno mismo, de nuestro cine y de nuestra música, deberíamos hacer pedagogía y ganar aliados. Para que trabajar en el cine, en la música y en sus archivos no siga siendo un auto castigo existencial, sino que estemos dispuestos a asumir las transformaciones tecnológicas que ocurren a velocidad del rayo y no lleguemos a mirar cómo se desvanece el cuerpo físico de nuestras canciones, nuestras películas y nuestros futuros tesoros de archivo. Asunto que hay que entenderlo colectivamente, desde cabezas múltiples y diversas maneras. Y, sobre todo, deteniéndose a reflexionar políticamente, por ejemplo, el cómo afrontar la digitalización para que no sea solo una cuestión de números, sino que tenga que ver con formas de pensamiento y alternativas para que los archivos pequeños de países dependientes, como los nuestros, no desaparezcan. Bregar para que ellos, memoria social y memoria viva, sean posibles para todos, como un derecho al no olvido.
Hay que hablar sobre esto no dicho que oculta todo archivo y que generalmente es el atentado contra el más débil. Hay que hacer hablar al archivo, se pregona nuevamente, para que la realidad no nos deje dolorosamente claro que falta mucho por cambiar. Incluso nuestro cine.
Y, como a veces el futuro nos espera el pasado, recurro a lo que Barthes aconseja: saltar de un lugar a otro y recrear lecturas desde distintos personajes para alimentar mi fiebre de archivos, mi cursilería en cuanto a “descubrir” fechas de películas y canciones. Porque una cosa es ir al cine cada sábado y otra muy diferente repetirse las músicas de las películas, incluso cuando no estás despierta. Sin embargo, todas esas cosas para mi empezaron como oscuridad y luz. Quizás, esta pregunta, en este país, este momento, a lo mejor sea luz o vanguardia cinematográfica, musical y archivística que precisa debate, para una transición hacia los nuevos tiempos. En última instancia, para la adhesión o defensa de los derechos humanos y las propuestas conjugadas que tejen sentidos y enfrentan a una imagen desprestigiada de nuestro cine, nuestra música y nuestros archivos, sobre todo frente a los públicos. Y aquí juega un rol fundamental de autoestima, la preservación y difusión de esos archivos para las futuras generaciones, archivos audiovisuales que hoy se custodian en Cinemateca Nacional del Ecuador, instancia que requiere fortalecer sus presupuestos, su personal interdisciplinario y sus edificaciones donde se guardan aproximadamente 6 mil registros audiovisuales, evanescentes y frágiles. Que bien podrían “morir de éxito”. Porque, en nuestro país, ¿nadie más lo hace …?
André Bazin y Jean Cocteau plantearon: “el cine filma a la muerte trabajando, al acecho de lo que está en tránsito de cambiar o de morir…” . Por tanto, deberíamos intentar que nuestro cine, nuestra música y nuestros archivos cambien y no mueran a futuro.
Wilma Granda N. es socióloga y Máster en Estudios de la Cultura. Dirigió la Cinemateca Nacional de 2012 a 2107.

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