Ana C. Franco
Roma, 1946. Delia, una mujer delgada, bella y ojerosa, sostiene una familia. Sus días se pasan atendiendo a su esposo Ivanno, un veterano de guerra extremadamente violento, a su suegro, un anciano grosero que dicta órdenes desde la cama, y a sus tres hijos. En el tiempo que le queda, realiza trabajos mal remunerados ¿Habrá un mañana?, ¿Puede, en ese contexto, haber un mañana?
Paola Cortellesi (1973) debuta como directora con Siempre habrá mañana (C’è ancora domani). Ambientada en la Roma de posguerra, la historia sigue a Delia (interpretada por la propia Cortellesi ), quien en medio de una cultura profundamente patriarcal, intenta encontrar algún atisbo de libertad. Su única esperanza es el compromiso de su hija mayor, Marcella, con un chico de buena familia, sin embargo, luego esto se convierte en otra amenaza, ya que Delia empieza a ver con angustia en esta relación los mismos ingredientes agresivos que sostienen la suya: la misma dinámica de poder y control que ella ha sufrido comienza a repetirse en la vida de su hija.
Inspirada en la estética del neorrealismo italiano, con la impronta de De Sica y Fellini, Cortellesi construye un melodrama clásico pero con tintes modernos, y sobre todo, particular por un humor genuino que oscila entre la ternura y el sarcasmo. Blanco y negro. Familia numerosa. Varias personas durmiendo en una misma cama; esas escenas domésticas tan características del cine italiano. ¿Quién ha hecho un retrato más bello y real de la familia que el cine italiano? En el caso particular de este film, es un hecho que una de sus mayores virtudes es el saber retratar la cultura italiana con todos sus detalles. Quizá por eso esta ópera prima no solo logró buenas críticas, sino que también la rompió en taquilla (más de 5 millones de espectadores y una recaudación cercana a los 37 millones de euros), superando a películas tan exitosas como Barbie y Oppenheimer.
Pero Cortellesi no se queda en la mera reproducción de esta estética, sino que la transforma, y añade su propia mirada, al introducir coreografías inesperadas y humor en los momentos más oscuros, o rompiendo las estéticas clásicas propuestas. Pensemos, por ejemplo, en momentos como aquel en el que Delia encuentra a Nino, ese amor del pasado con quien nunca se concretaron las cosas. Él le dice que siempre ha pensado en ella, que se arrepiente cada día. Ella solo escucha en silencio… y se va. Pero al poco tiempo se detiene, y regresa, le lanza una mirada potente y en lugar de besarle, le comparte una barra de chocolate. Es ahí cuando opera el puro melodrama. El tiempo se congela. Entra la música incidental- una balada romántica, por supuesto- y la cámara los rodea en círculos, excluyéndolos del vulgar mundo exterior. Pero Cortellesi va más allá y recurre otra vez a ese humor suyo, entre inocente y oscuro, cuando interrumpe el idilio haciendo que ambos personajes sonrían mostrando sus dientes negros, manchados de chocolate.
“Mi marido es violento porque fue a dos guerras”, suele decir Delia para justificar a Ivanno. El peso de la guerra se siente en los cuerpos masculinos: en el vocabulario soez del suegro, en los celos, e incluso los golpes, de Ivanno. Todo eso es una respuesta traumática de quien vivió en carne propia la guerra. Dos guerras. Pero quienes terminan absorbiendo toda la violencia- la de las dos guerras y la de los traumas- son las mujeres, y esas heridas no se ven. Al menos no a simple vista. Entonces queda la pregunta, ¿haber vivido dos guerras justifica la perpetuación de la violencia, casa adentro? Y ese es otro de los aspectos que hace única a Siempre habrá mañana, porque retrata las heridas invisibles que la guerra dejó en las mujeres y en los no combatientes.
Cortellesi toca un aspecto pocas veces visibilizado del relato histórico: el lugar de las mujeres en la posguerra. Roma aparece como un escenario de ruinas materiales, pero también de ruinas íntimas. Los hombres regresan de la guerra con heridas físicas y psicológicas, y esa violencia no desaparece, sino que se recicla y se descarga dentro del hogar. Las mujeres son el último escalafón en la rueda de la violencia. No combatieron en el frente, pero recibieron en sus cuerpos y en sus vidas las secuelas de la guerra. El trauma masculino —el desempleo, la frustración, el resentimiento— se vierte sobre ellas en forma de golpes, humillaciones, silencios opresivos. Y esas heridas son invisibles, porque no se reconocen como un trauma bélico. La violencia doméstica, el maltrato cotidiano y el sacrificio constante son vistos como “normales”, parte del orden natural de la posguerra, en otras palabras, el trauma de la guerra no termina en el campo de batalla, sino que se infiltra en los espacios más íntimos. Las mujeres sostuvieron la guerra desde lo doméstico, mantuvieron a las familias, alimentaron a los hijos, cuidaron a los viejos, soportaron los abusos, y todo eso quedó fuera del relato heroico de la reconstrucción nacional.
Resulta conmovedor que las sensaciones a las que nos invita al final de este film no estén relacionadas al amor romántico, sino más bien a la relación madre-hija. Más allá de cualquier decisión que tome la protagonista con respecto a su rollo afectivo, nos quedamos con el momento en el que puede votar. Delia, junto a miles de mujeres, haciendo fila para ejercer su derecho al voto por primera vez. Delia limpiándose el labial para depositar su papeleta. Y la cereza del pastel: Delia mirando entre la gente a su hija. Madre e hija se miran y sonríen en medio del tumulto de aquel momento histórico. No hablan con palabras pero hablan con los ojos. Sonríen con complicidad. En medio del caos, hay una esperanza. Y no está en la falsa promesa del amor romántico sino en la conquista del derecho a la igualdad de género. La fuerza de este cierre no romantiza el sacrificio femenino, lo politiza. Subraya el hecho de que las mujeres no solo sostuvieron la guerra desde lo invisible, sino que también fueron capaces de transformar ese dolor en una conquista histórica. Como lo resume la frase documental que cita Cortellesi: “Nos aferramos a nuestras papeletas como a cartas de amor”. Y aunque esto sea un spoiler, es imposible no citarlo, porque en esas palabras, como también en la mirada de la madre y de la hija, palpita el nacimiento de una nueva historia.
Ana Cristina Franco es escritora, guionista y directora de cine.
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