Daniela Game B. (Quito, 1982). Psicóloga clínica y escritora.
Se escucha el sonido de las olas. De espaldas vemos a Una; su nuca, sus aretes, el pelo cortísimo, la piel joven. Frente a ella, el mar de Reykjavik se funde con el sol. Es una de esas tardes largas que anuncian el fin de la primavera y la llegada del verano. Diddi aparece a contraluz, la besa, se toman una foto. Una dice que no quiere seguir viviendo en secreto; él responde que desde mañana no tendrán que esconderse, cuando regrese a su ciudad y rompa su relación con Klara.
Son casi adultos, dos estudiantes de arte que se entregan después a la promesa del amor entre sábanas naranjas. Mañana no tendrán que esconderse. Una despertará para ir a la Universidad, Diddi para tomar su avión. Podrán vivir en Japón y hacer hijos.
Y viene el mañana, pero la promesa no llega, en su lugar la certeza: de camino a su ciudad, un voraz incendio en un túnel acaba con todo y Diddi ya no está. La desgracia es también nacional: noticias, despliegue de instituciones, protocolos para identificar a los muertos, acompañar a los familiares, contener la tragedia.
Así comienza la película y desde aquí la historia podría ser un continuum de complicaciones sobre cómo Una enfrenta el duelo sin poder decir que Diddi y ella se amaban; sucesivos encuentros incómodos con amigos, desconocidos y la propia Klara. Y aunque todo eso está presente, el director y guionista islandés Rúnar Rúnarsson elige el camino de las sutilezas, de los grises como él prefiere llamarlos. Nos sumerge en las presiones internas de Una sin buscar respuestas o mensajes, al contrario, nos lanza a su vacío.
La historia sucede de un atardecer a otro; un tiempo corto pero sempiterno cuando la muerte se instala. Un día que en esa latitud del planeta, en ese cambio de estación que promete calor y alegría, significa más horas de sol que se reflejan en el rostro de Una, en sus acciones que son fuertes pero también torpes, propias de ese no-saber-qué-hacer con la ausencia y el secreto.
El título original en islandés es Ljósbrot y admite varias traducciones al español: quiebre de la luz, fragmentos, refracción, cuando la luz se rompe o luz que se quiebra. Todas estas variaciones le hacen justicia a lo que va sucediendo con Una cuando Klara se acerca a ella. Ambas buscan algo en la otra y creemos saber qué es, una cierta verdad sobre Diddi, pero a medida que la luz se abre paso con el día, se va reflejando y finalmente se descompone con el atardecer, ellas crean un vínculo que quiebra cualquier ejercicio de honestidad y va más allá del amor por él.
Rúnarsson decide llevar a su cine ese día que siempre es el más largo: el día en que sabemos de la muerte de quien amamos. Lo hace con un casting poderoso y una cámara que mezcla distancias y cercanías. Crea este pasaje íntimo sin explicaciones, donde Una intenta asistir al rito establecido de la muerte, pero crea los suyos propios como bailar hasta las lágrimas para hacer explotar la tristeza o volver a cobijarse con las sábanas naranjas, aferrada a la necedad compartida de creer que mañana seguiremos vivos.
Comments
comments