Howard Roark – El libertario Andino
1.
Las mujeres de Berlín me revelaron el pulso oculto de la ciudad que me transformó para siempre. Marlene Dietrich, con su sombra eterna, y las mujeres anónimas que pintaron las paredes del Tacheles sin pedir permiso. Aquellas que fumaban con la calma de quien vio caer imperios, las que caminaban solas en la noche con paso firme. Quienes dibujaban con su mirada directa una rebeldía silenciosa pero implacable. Berlín es una mujer con cicatrices y ropa desgastada, pero con la elegancia esculpida en la fragilidad de sus recuerdos.
Tacheles vibraba a su ritmo. Un colectivo artístico que fue insumiso, bastión de rebeldía, corazón de la ciudad, refugio de artistas, okupas, soñadores que creían que otro mundo era posible. Fue derribado por intereses comerciales, vaya paradoja. Verlo reducido a un grotesco centro comercial despierta en mí una nostalgia punzante.
Su caída no es solo la pérdida física de un espacio, sino el derrumbe de ideales que abrazamos en la juventud. Me sobreviene una pregunta urgente: ¿Me he convertido acaso en alguien pragmático, semejante a quienes acabaron con el Tacheles? ¿Alguien movido por resultados y apariencias, sin espacio para la irreverencia?
Y es que he sido esa pugna entre la rebeldía de entonces y la rendición de hoy, desde que estuve aquí, hasta que he vuelto. Me observo en un fragmento de vidrio y me pregunto si he vuelto a Berlín buscando una redención personal.
Es 2025 y estoy en una pequeña galería, el último vestigio artístico en el edificio original, un intento de reconciliar la miseria de quienes derribaron el Tacheles. Allí, una exhibición de Šejla Kamerić plantea tres preguntas que me atraviesan: What do we carry with us? What do we leave behind? And what remains when everything is stripped away?
Estas preguntas cruzan el tiempo y se vuelven el eje de mi reencuentro con Berlín. Porque Berlín es el lugar que me obliga a responder con brutal honestidad: ¿Qué llevo conmigo? ¿Qué dejo atrás? ¿Qué queda cuando todo se ha despojado?
2.
En 2009, mi visita al Tacheles estuvo acompañada por una mujer de presencia imponente, era la encarnación moderna de Marlene Dietrich. No era solo una mujer, sino un símbolo viviente de la ciudad: erótica, desafiante, caótica. Su existencia oscilaba entre la batalla y el refugio, como Berlín misma. Su inteligencia, seca y directa, parecía moldeada por el temperamento de una Alemania que aún cargaba con su pasado.
Buscaba a su igual intelectual, pero su belleza excesiva desviaba cualquier intento de verla por dentro. Ese brillo, que parecía un privilegio, era también una barrera. Como Alemania, que quería ser reconocida por su modernidad sin que la sombra de su pasado opacara su imagen, llevaba sobre sí un brillo radiante que la mantenía atrapada en la superficie.
Ella era Berlín, y Berlín era ella. Juntas encendieron en mí una erupción de rebeldía, un espejo que reflejaba mis contradicciones internas. Un reclamo por dejar las pretensiones vacías que acumulé en mis primeros años en la banca. Donde antes había frialdad y cálculo, emergía en mí el erotismo berlinés como una luz intensa y desbordada, una corriente subterránea que arrancaba fachadas y disfraces.
El deseo andaba desnudo, con un cigarro en la mano, como Marlene en su papel de Amy Jollie: mirada desafiante, humo temerario, renuncia al juicio ajeno. Berlín era en los 2000s sexo con ideología. El eco de los años veinte se condensaba en el sudor de sus pistas de baile, y sus personajes coloridos rompían la monotonía gris con su caminar silencioso después de los bacanales libertinos que imponían sobre sus cuerpos los fines de semana. Aquella época en que arte, cuerpo y política se entrelazaban en un clamor único de libertad. La ciudad mantenía esa estética: exceso, belleza rota, heridas visibles.
Encontré una fraternidad entre quienes, al igual que yo, nunca terminaron de pertenecer, quienes por ser nadie, de alguna manera eran alguien. Habiendo pasado casi la mitad de mi vida en el extranjero, vivía en una tensión constante entre mundos. Resistir las convenciones de la adultez se sentía como un acto subversivo, una negativa a rendirme a los caminos rígidos después de la universidad. La sensación de migración me desgarraba, pero en Berlín descubrí un lugar donde ese sentimiento era una experiencia compartida. Aquí encontré una comunidad unida por la misma búsqueda inquieta de sentido, una rebeldía colectiva contra la identidad fija que la academia americana había tratado de imponerme.
Berlín era una hermandad de lo intermedio. En esta ciudad, pertenecer no dependía del estatus o el origen, sino del coraje para mantenerse abierto, para abrazar la incertidumbre. Era una rebeldía teñida de solidaridad, y la libertad que surge de negarse a tenerlo todo resuelto. Vislumbré un oasis donde el tránsito de la juventud a la adultez se desarrollaba en sus propios términos inciertos, mientras el tren hacia el futuro se escapaba a lo lejos.
3.
En esa temporada donde las conversaciones se fundían en largas tardes sin tiempo,donde el debate era calenturiento y las pantallas aún no nos atrapaban, y el mundo prometía un caos sin justicia, nos sumergíamos en el Kino Babylon, ese cine cercano a Alexanderplatz, oscuro y enigmático, para dejarnos envolver por las películas antiguas, buscando en cada una refugio del mundo.
En las butacas antiguas, gastadas por el tiempo y la historia, en esa humedad densa encontré a Marlene Dietrich y a sus personajes, figuras que se transformaron en un espejo preciso de mis propias inquietudes, un reflejo crudo de esa lucha interna entre la apariencia y la verdad.
Por un lado estaba el personaje de Concha Pérez, la mujer que encarnaba la sensualidad explosiva y desafiante de Berlín, la estrella que iluminaba con su presencia magnética y rompía los moldes. Por otro, Christine Vole, personaje más maduro, cínico, frágil y con una belleza melancólica que confrontaba la voracidad del paso del tiempo.
Marlene, en esa progresiva transformación vital sumada a la vejez, sentía que perdía identidad, patria, y fama. No era solo la decadencia física ni el desgaste inevitable por el paso de los años; era la erosión de un pedestal construido con la mirada de millones, la amenaza silenciosa de volverse irrelevante, invisible ante los ojos de su patria.
Esta dualidad entre Concha Pérez y Christine Vole se convirtió en mi espejo personal, en la lenta metamorfósis de mi vida, de llegar a ser auténtico en medio de la pérdida y la transformación. Porque, al igual que Marlene, me vi dividido entre la arrogancia de una imagen y la escencia misma que reclama Berlín: La necesidad urgente de dejar ir para encontrar algo más profundo y verdadero.
Los personajes de Marlene gritan con sutileza que las luces son efímeras, que la verdadera fuerza está en aceptar el desafío y la ambigüedad de la existencia. Que perder la identidad fugaz no significa perderse, sino la oportunidad de descubrir quién queda cuando todo lo demás se apaga.
4.
Al regresar a Quito en 2010, la ciudad que llevo dentro de mí, sentí un choque profundo con Berlín. Quito, marcada por fracturas y divisiones históricas, no tenía ese fuego creador berlinés que respondiera a la tragedia social. Más bien, había un silencio pesado, una parálisis que encogía el alma colectiva, como si el miedo cerrara las puertas de la imaginación.
Quizá el abismo en Quito no se ha abierto con la crudeza brutal de Berlín. Por eso las expresiones artísticas que emergen en mi ciudad se asemejan más a la melancolía contenida de Käthe Kollwitz, al dolor profundo y callado, que a las explosiones de Sternberg y sus resplandores de los 1920s. A pesar de las diferencias, un lazo invisible une a ambas ciudades y a sus gentes: la esperanza obstinada que se rehúsa a morir por completo. Una tenacidad nacida en parte de migraciones judías compartidas, un impulso vital que quiere vivir más allá de las heridas.
Sin embargo, la nostalgia no me abandonaba en mis días en Quito . Mientras Berlín, reflejo del mundo que quería, ardía con su erotismo sin filtros, Quito parecía asfixiada bajo capas de resignación. Berlín no me dejaba olvidar que la vida es movimiento, riesgo y desorden, y no la melancolía inmóvil que es América Latina.
5.
En 2025, de nuevo en Tacheles, o las ruinas de lo que era Tacheles, la mujer que me acompaña ya no es la reencarnación de Marlene, sino una alma dulce envuelta por una silueta perfecta, mitad Germánica mitad Andina. Su presencia irradia una bondad profunda, una gravedad sensible que fácilmente contrarresta la agitación de aquel erotismo anterior.
Sostenemos juntos la mirada de la ciudad, envueltos por una exposición de Cooper y Gorfer: Cuerpos entrelazados en una lujuria desbordante, manos gigantescas, formas asimétricas, pies que se multiplican y se transforman en gatos fantásticos. Un universo que desafía los límites del cuerpo y del deseo.
What do we carry with us? What do we leave behind?
La libertad que rozó mi juventud berlinesa, la seducción latente que me enseñó a romper con normas rígidas. Pero dejo atrás la arrogancia de quien creía que el mundo cambia con solo desearlo, los fragmentos de identidad construida en la velocidad y las máscaras que ya no necesito.
Celebro lo que permanece, las transformaciones que se mantienen fieles a una búsqueda sin fin en los múltiples comienzos que propone Berlín.
6.
Berlín es metáfora viva de la vida misma, un acto incesante de creación sobre ruinas. Una ciudad que se levanta y cae, que se reconstruye y se reinventa.
Aceptar las sombras, las heridas, la pérdida y la incertidumbre es el camino para reconciliarme conmigo mismo y con la historia que cargo.
7.
Temo dejar Berlín, y las paradojas visibles de Prenzlauer Berg, que las voces poéticas del café Die Koppe se apaguen en un recuerdo pálido. Quiero congelarla en el tiempo, joven y libre, porque sé que el paso de los años la tentará a rendirse, a cambiar su brillo por la seguridad de la gentrificación y los hombres de corbata.
Temo que su fervor liberal no pueda resistir los instintos autoritarios queensombrecen al mundo, y progresivamente a Alemania. Que la apatía se apodere de su gente, dejando al mundo sin el último bastión donde la expresión quiere quemar viva, donde el pulso de la libertad y el arte todavía gritan con la frente en alto. Temo que los principios liberales que echaron raíces en Berlín a un costo tan alto, las lecciones tan duras que nos dejaron las lágrimas de sus mujeres, sean incapaces de persistir en el deseo de iluminar el camino.
8.
Temo encontrarme con la reencarnación de Marlene Dietrich y descubrir que ha sucumbido a lo cómodo, a lo conocido, sin reflejar la fuerza feroz, la independencia inquebrantable y el aura desafiante de la verdadera Marlene que la precedió.
Mirando su mirada inquieta una tarde de Septiembre 2009, comprendí que ella libraba una batalla interna entre quedarse aferrada a Berlín o partir hacia un incierto imaginario conmigo. En sus ojos vi la tensión momentánea entre la resistencia y la renuncia. Y, al final, fue Berlín quien ganó esa contienda silenciosa. Ella quedó atrapada en su magnetismo. Yo me fui a buscar mi propio destino.
9.
En mi última tarde en Berlín, mientras la música de un piano solitario se escapa de un callejón lúgubre en Kreuzberg, me pregunto qué esperanza oculta hay en esa melodía anónima.
¿Qué queda cuando todo se ha ido?
Y entiendo que Berlín me despide con una verdad a tientas: no hay un último capítulo. Lo que cae, lo que desaparece, deja en pie el deseo de seguir adelante sin tregua. Con heridas, con los silencios que atraviesan el gris de sus mañanas. En medio del desorden y la luz opaca del último tren de la mañana en que finalmente digo adiós, la pulsión del techno se mantiene y con él la vibración que seguirá palpitando en Berlín sin perjuicio de mi ausencia . Lo escucho desaparecer a la distancia después de que su figura se pierde entre la niebla. Esta vez, tengo la certidumbre de que Berlín no me abandonará, y siento el deseo ya creciente, de volver a deslizarme anónimo entre sus más profundos enigmas y sus más íntimos secretos.
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