Por: Ana Cristina Franco Varea.
Corrían los años 60 en Nueva York. En un lugar sin tiempo, una actriz y su esposo se encerraban a ser otros, a probar, a jugar, a experimentar con ese arte que permite explorar las posibilidades humanas hasta agotarlas: la actuación. Mientras la industria de Hollywood quería precisión y prefección, ellos habían decidido aventurarse hacia un terreno peligroso: el de la improvisación. Luego él se dedicaría a dirigir (aunque también actuó en varias películas) y ella a actuar, lo harían siempre desde la más romántica búsqueda artística, sin pensar en la audiencia, en la fama, en la plata; pensando, únicamente, en buscarse a sí mismos. El resultado, aunque era lo que menos les interesaba a ellos, fue genial. El cine independiente estadounidense no sería lo que es sin su aporte.
Nació en Wisconsin en 1930. Ya en su infancia se sentía atraida por el arte, y en una entrevista grabada recientemente en la que a pesar de sus 90 años (o más) se encuentra completamente lúcida, cuenta que desde niña le gustó leer, hábito inculcado por su madre, y que cree que la lectura le sirvió de impulso para la actuación. En 1950 Gena viajó a Nueva York para estudiar actuación en el American Academy of Dramatic Arts. Dice el director de cine John Cassavetes, que la primera vez que la vio, le dijo a su amigo John Ericson: «Esa es la chica con la que me voy a casar». Y así fue. La pareja empatizó casi a primera vista, quizá lo que más les unió fue su pasión compartida por el cine. Gena no olvidó su carrera por el matrimonio y la familia, como era lo usual en esos tiempos. Ella siempre lo tuvo claro: lo suyo era la actuación y ese camino sería siempre el primero, antes, incluso, que el amor.
La pareja fue una de las dupletas creativas más reconocidas en el mundo del cine. Juntos llegaron a complementarse perfectamente, al menos en el plano del arte. Mientras John experimentaba desde la realización, ella lo hacía desde la actuación. Los films de Gena y John no se distinguen tanto por la maestría de sus argumentos sino por su atmósfera. Imposible olvidar la textura en blanco y negro, la energía que despiden las locaciones, como si estuvieran vivas, en Shadows (1959). Imposible no amar las escenas de Gena haciendo de borracha en el camerino en Opening Night (1977). Imposible no enamorarse del ama de casa que bordea la locura mientras hace spaghetti a los obreros amigos de su marido y que fuma mientras atiende a los niños y habla por teléfono y se cambia de ropa y camina y lo hace todo a la vez, con ese particular modo suyo, tan delicado y fuerte al mismo tiempo. Imposible no embriagarse en el recorrido caótico que propone Faces (1968) película que muestra las vivencias de varios personajes a lo largo de una sola noche.
Las películas de John Cassavetes en las que actúa Gena Rowlands puede que no sean reconocidas por sus peripecias en cuanto al guión, de hecho su lenguaje es caótico, como el jazz, lenguaje de la improvisación, no se sabe cuando empiezan ni cuando terminan, de hecho a John le gustaba empezar sus películas en plena acción, obviando los planos que suelen acompañarse por créditos y que sirven para situar al espectador en el espacio-tiempo de la película. Él empezaba en la mitad de algo y siempre había un espectador que pensaba que el proyector se había dañado y que la película “ya estaba empezada”. Cassavetes no siempre trabajaba con actores profesionales, muchos de ellos eran familiares y amigos, de hecho, la suegra de Mabel en A Women Under the Influence (1974) es su propia madre, verdadera suegra de Gena. A Cassavetes le tenía sin cuidado que la cámara se moviera o que dejara a los actores por momentos fuera de foco. Sus películas son caóticas, desordenadas, extrañas, no se sabe de qué mismo van, tampoco se sabe bien quién contra cuál, pero tienen un plus, algo que pocas obras tienen, tal vez solo las verdaderas: son como un pedazo de vida. Más que que películas, buscaban vivencias, experiencias. “El cine es una investigación sobre nuestras vidas. Sobre lo que somos. Sobre nuestras responsabilidades –si las hay–. Sobre lo que estamos buscando. ¿Por qué querría yo hacer una película sobre algo que ya conozco y entiendo?” decía John Cassavetes. Y es que él, junto a sus esposa, crearon el cine independiente en Estados Unidos. Así de simple.
Aparte de cintas cinematográficas, John Cassavetes y Gena dejaron tres hijos más: Zoe R. Cassavetes, Alexandra Cassavetes y Nick Cassavetes. En 1989, John, que bebía como rockstar mismo, falleció a causa de una cirrocis. Gena, por su parte, siguió actuando. Hizo varias películas: Night on Earth (1991) Something to Talk About (1995), protagonizada por Julia Roberts; Hope Floats (1998), Taking Lives (2004). Su hijo Nick Cassavetes heredó la profesión de su padre y en 2004 estrenó The Notebook, basada en una novela de Nicholas Sparks. En esta película Gena Rowlands tiene un personaje importante teniendo así la oportunidad de ser dirigida ya no por su esposo, pero ahora por su hijo.
Pasa, a veces, quizá cuando una actriz y/o persona (¿cómo distinguirlo?) es lo suficientemente fuerte, que es ella, más que el director, la que da la caracterización de los personajes. La actriz alcanza una tercera dimensión en la que es ella misma y a la vez el personaje convirtiéndose en alguien (mitad actriz mitad persona, mitad personaje mitad persona) que representa algo muy fuerte y que atraviesa varios films. Pasó con Diane Keaton en Woody Allen, con Meryl Streep en varias películas de varios directores, con Greta Gerwig en las películas de Noah Baumbach: la actriz trasciende al personaje. Por ejemplo, independientemente del director/a que la dirija y del personaje que interprete Marilyn Monroe representa la sensualidad, la inocencia, la belleza, pero Giulietta Masina representa algo muy diferente. Y hay, claro, actrices que no representan nada, es decir, nada más que el personaje que interpretan en cada película en particular. Gena Rowlands ha logrado crear un personaje que atraviesa varios films. Un personaje lleno de fuerza, belleza, inseguridad, elegancia, y que siempre está cuestionando al rol de la mujer en la época. El ama de casa en A Women Under the Influence (1974), papel que le valió el Globo de Oro a la mejor actriz dramática y con el que fue candidata al Óscar para mejor actriz, es Mabel Longhetti, una ama de casa clásica típica pero con una fuerza particular que hace que termine rebelándose aunque para hacerlo el único camino sea la locura. El crítico de cine Emanuel Levy dijo: “Rowlands está magnífica como un ama de casa que cruza la línea de la cordura”.
Otro hecho que le vuelve única es que la Gena Rowlands, al menos la de Cassavets, no es una veinteañera, de hecho, pasa los 40. Y no por eso deja de ser irresistible. Este es precisamente el conflicto principal de Opening Night (1977) , película por la que otra vez Rowlands fue candidata al Globo de Oro. En este filme, que es tal vez el más interesante de la dupleta, los límites entre el documental y la ficción son casi invisibles: Gena y John actúan que actúan. Ella, que en la “vida real” es actriz, actúa de una actriz que entra en conflicto por su edad, pues la obra trata sobre el envejecimiento. “La segunda mujer” es el nombre de la obra dentro de la obra. La segunda mujer-figura que parece convivir siempre en las mujeres- podría ser, en este caso, el personaje de la obra de teatro, el personaje de la película, o Gena Rowlands.
A sus 85 años, con casi 60 años de carrera y con más de 55 películas, Gena Rowlands ha recibido el Oscar Honorífico de la Academia de Cine Americana como un reconocimiento a su larga carrera y a sus grandes aportes al cine independiente. Siempre será recordada por haber hecho el retrato de una mujer- que a la vez es varias mujeres- tan realista y a la vez tan histriónico, pero sobre todo esa capacidad de ser ella misma, y a la vez, siempre siempre otra.

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