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Polonia, 1945, se ha acabado la guerra. Ahora, ¿cómo se hace para asumir la posible libertad? Éste es el tema que trata Andrzej Wajda en su filme Paisaje después de la batalla, basado en las narraciones de Tadeusz Borowski. La música clásica da un inicio poético a las primeras escenas donde decenas de presos polacos corren por la nieve en libertad. Un joven poeta es el protagonista de esta historia que relata el paso del cautiverio y la emancipación.

El filme se desarrolla en un punto histórico intermedio, entre la guerra y la posguerra; es el momento de transición, donde las personas no saben en qué extremo se encuentran aún y quedan atrapados en una suerte de limbo. Traspasar el fin de una etapa tan violenta, crea un conflicto tanto en los individuos como en las instituciones. El poeta y algunos de sus compañeros siguen cautivos en el campo de concentración porque los aliados no saben qué hacer con ellos, pues piensan que harán mal uso de su libertad. Además, ellos mismos, los personajes, están en la imposibilidad de materializar esa vida normal que han deseado, por el miedo que aún sienten a la violencia pasada, o tal vez por costumbre al cautiverio. El episodio que marca el punto de quiebre es la aparición de las mujeres, de lo femenino. Elemento que contrasta sustancialmente con el entorno gris y frío. La judía de quien el poeta se enamorará es la sensualidad ansiosa por expresarse, es la libertad del ser humano tratando de salir del cuerpo porque éste y su mente constituyen su cárcel; ella es la pasión personalizada que lleva un vestido floreado, que anda con sus blancas piernas en un mundo triste y sucio, golpeado por la guerra. Ella será el motivo del cuestionamiento para dar el paso hacia la libertad. Paradójico en un mundo católico donde impera el pecado y donde la mujer y su desnudez son una sus expresiones. La respuesta para romper definitivamente los rezagos de aquel status quo violento y pasado está en ella, aunque como símbolo será eliminada.

La feminidad es un leiv motif de la película, pero también lo son el fuego y el arte, símbolos de la libertad anhelada pero difícilmente conseguida. El fuego se presenta como un medio de destrucción del pasado: se queman libros, monigotes de alemanes, uniformes, todo rastro de la guerra. Al quemar se intenta simbólicamente pasar a la libertad. El carácter simbólico del fuego queda en una representación porque todos permanecen en ese limbo que los atrapa. Por otra parte, el arte se expresa en dos formas: poesía y música. El poeta, como si fuese un actor que no puede salir de su personaje, asume aún su papel de preso, donde su única salida es la lectura. La poesía que no puede ser leída por el público, se muestra en imágenes acompañadas de música clásica, elemento que representa a una Europa histórica, creadora de arte y de guerra. La música, durante la guerra, fue importante, para los alemanes, en los campos de concentración. De hecho, uno de los personajes es un judío que se salva por saber tocar el violín.

La belleza de este arte es para el poeta algo maravilloso pero que fue parte de un pasado tormentoso. Tanto la música como la poesía que lo acompañaron en su cautiverio seguirán siendo aspectos importantes de su vida en libertad, pero que siempre le recordarán a la guerra. El arte, tan amado por el poeta, se convierte entonces en la imposibilidad de concebir en su mente la libertad. La muerte aparecerá en su vida como un golpe en la cara, tan fuerte, que lo empujará hacia el otro lado.