OCHOYMEDIO 2007, Valladolid N24 - 353 y Vizcaya, 2904720 , La Floresta - Ventura Mall, Tumbaco

Acaso no hay un cine más político que el cine histórico. Y lo es aunque esté en manos hasta del más ingenuo, libre y bien intencionado de los directores. No cabe ser apolítico cuando se recrea un evento de la historia. Toda reescritura de un pasado –aunque se presente como un "homenaje" a las raíces identitarias de un pueblo o una nación- también desnuda directamente, en su propio proceso narrativo, las ambiciones y represiones presentes en una sociedad (y en sus autoridades, cuando se trata de regímenes autoritarios) en el momento histórico en que se hace esa lectura. A mayor abundamiento, si se trata de cine, un arte que debe conseguir mucho más dinero que cualquier otro arte para ver la luz, la influencia de quienes están en el poder y su propia lectura de la historia es aún más evidente en estas obras.

Entendido así, existen pocos referentes más directos de la actual situación política que se vive en China que las últimas tres aventuras fílmicas que ha realizado el director Zhang Yimou. Se trata de tres largometrajes que reviven y vuelven a imaginar tres eventos de la historia dinástica del imperio chino: el fin de los Reinos Combatientes y el nacimiento de la Época Imperial con la dinastia Qin (Héroe, 2002); la lucha contra los insurrectos de la dinastía Tang (La casa de las dagas voladoras, 2004), y cierto “golpe de estado” perpetrado por una emperatriz a su emperador al final de la misma dinastía (La maldición de la flor dorada, 2006).

No se trata, eso sí, de relatos que aparecen en los libros de historia: las películas de Zhang son renovadas leyendas, una nueva mitología inspirada en asesinatos, traiciones y cambios de mando sacados de la realidad. El ejemplo más cercano, disponible para quienes vean La maldición de la flor dorada, es que el final que le espera a la Emperatriz interpretada por Gong Li es el opuesto al que efectivamente vivió Wu Zetian, la única emperatriz de la historia de China, y, según ha trascendido, la más segura inspiradora de esta historia.

Antes de ahondar en el meollo de esta crítica, quizás sea importante hacer una aclaración: es innegable el atractivo visual de varias secuencias de estas tres cintas, y acaso eso hace más difícil enfrentarse a estas películas críticamente. En esos parámetros, La maldición de la flor dorada no es menos que sus predecesoras: hay momentos de cine que entusiasman hasta al más escéptico de los cinéfilos. Zhang está en buena forma y a estas alturas maneja los colores primarios y las formas geométricas en cada uno de sus planos con una precisión abrumadora. No pierde la oportunidad de transformar hasta el más nimio decorado en un lugar excelso: los vestíbulos por donde pasean y reflexionan sus personajes, los maceteros con crisantemos que son pisoteados en medio de la batalla, los apretados e insinuantes escotes femeninos y hasta el rostro de la bella Gong Li (dicho sea de paso, su musa en siete películas, y con quien, tras un corto romance en 1995, estuvieron distanciados por más de una década). Todos estos elementos han transformado a esta trilogía de aventuras de cine wuxia –como se llama al subgénero de artes marciales chino– en películas suntuosas, espléndidas, resplandecientes, quizás las más resplandecientes de los últimos años.

Sin embargo, y aquí vamos con el asunto que nos convoca, quizás en unas décadas más descubramos que la mayor destreza de Zhang, mayor incluso que su talento como director, haya sido su inteligencia como productor. Desde hace más de una década que no existe artista más poderoso en China que Zhang Yimou. Las tres partes de esta trilogía se han convertido, cada una más de la anterior, en las películas más vistas (y en las más caras) de la historia de ese país. Sus decorados, elencos y procesos productivos son solo comparables a los de la época dorada de Hollywood. Ese poder no es nuevo: ya desde la época en que ganaba premios en Cannes y Berlín, y dejó de ser la amenaza para el régimen comunista, Zhang transformaba en best seller en su país todas las novelas que llevaba a la pantalla. Miembro de la llamada Quinta Generación de directores chinos (los primeros cineastas autorizados a filmar en China tras el fin de la Revolución Cultural, grupo donde conviven directores diversos como Chen Kaige, Tian Zhuangzhuang, Zhang Junzhao), Zhang Yimou compartió con sus contemporáneos cierto rechazo a una tradición socialista/realista amparada por el viejo comunismo, y una clara conciencia de la necesidad de llegar a Occidente con sus películas. En sus primeros años, ambas tendencias (estética y práctica) fueron vistas con creciente sospecha por parte del gobierno de Beijing. A poco andar Ju Dou, su tercera cinta, aunque financiada por el estado chino fue censurada, y pasó lo mismo con la cuarta, la premiada Las linternas rojas, esta vez bajo coproducción internacional.

Hoy por hoy, en su calidad de cineasta de Estado, Zhang utiliza la espectacularidad potemkiana de su cine para deslumbrar y hacernos aceptar (a chinos y occidentales) un mismo concepto en las tres películas: que los regímenes represivos y sus líderes autoritarios, aunque difíciles y violentos, son parte de la historia más íntima de China y representan parte de su grandeza, ante la cual todos los sacrificios hechos por sus protagonistas –que sufren las represiones de esos ambientes– son esperables y éticamente recompensados.

Es interesante que la crítica internacional no haya notado está evidente visión política de su cine de aventuras, y sí lo haya hecho con fuerza a comienzos de los noventas, cuando fueron censuradas sus películas más “íntimas”. Si recordamos bien, ante estos actos de censura la lectura más tradicional que se hizo de las películas de Yimou por parte de la crítica occidental no es muy distinta a la hecha en su momento por los burócratas chinos: el régimen represivo que sufre Gong Li en Ju Dou y en Las linternas rojas son “metáforas” de la represión política que vive el pueblo chino. Ergo, para la crítica occidental, se trataba de “grandes películas, llenas de bravura”, y para los censores eran “peligrosos artefactos anticomunistas”.

Hoy, ante la evidente “vuelta de chaqueta” de Zhang, una interesante perspectiva crítica se abre ante nosotros. A diferencia de lo que cree el crítico David Walsh, el caso de este cineasta chino no se trata sólo el de un artista que “ha caído en el conformismo”. Incluso quizás sea errado decir que Zhang se haya dado “vuelta la chaqueta”: a estas alturas tengo dudas de que efectivamente Zhang alguna vez haya sido un artista de convicciones políticas, o por lo menos, de convicciones políticas genuinas y no empujadas por decir lo que "el mundo occidental" quería escuchar de parte de un intelectual chino a comienzo de los noventas.

Me parece que Zhang, más bien, tiene un talento audiovisual innato, es casi un superdotado, pero sus primeras y tan recordadas obras, despojadas de la supuesta “metáfora política” que se leía en ellas, ahora me parecen más vacías e indignas en el recuerdo. De momento es solo una hipótesis: es necesario volver a ver sus "grandes obras" para sostener una perspectiva así. Pero no hay nada más estremecedor en una obra fílmica que el retrato del sufrimiento carente de sentido. Quiero decir con esto que ahora, por muy bellas que sean las peleas entre las hojas y las lluvias de flechas, la sensación que producen sus películas actuales, incluso vistas desde Occidente, es de cierta “desdicha heroica” similar a la que producen los protagonistas de la ópera barroca italiana, la cual, a su vez, es una directa tributaria de la tragedia griega. No hay que ir muy lejos para recordar el lugar que tenían los artistas en estas sociedades, ni dejar en claro el rotundo abismo social entre las elites y los campesinos en ambas épocas.

Repito, es solo una hipótesis. Acaso las voluntades artísticas no tienen la fuerza para contrarrestar el poder de un imperio milenario, y Zhang, después de todo, no tenga más remedio que rendirse ante la represión de esta manera tan espléndida (de la misma forma en que lo hacen los protagonistas de sus películas). Lo único que digo es que quizás ya sea hora de volver a ver sus primeras películas bajo un cedazo revisionista, y descubrir si el mecanismo secreto de su belleza sigue vivo y es acaso imperecedero como creíamos. Cortesía de Revista de Cine Mabuse, Chile.