En el Ecuador hubo una vez una guerra sucia
Por Roberto Aguilar - Junio 2007
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A Isabel Dávalos la coyuntura política se le vino encima. Hace seis años, cuando empezó a reunir los documentos y testimonios que forman parte de su película ¡Alfaro Vive, Carajo!: del sueño al caos, los antiguos integrantes del grupo guerrillero se encontraban disgregados, tratando de sobrevivir cada uno por su cuenta. En esa época, no se podía prever la precipitación de acontecimientos que, a partir de abril de 2005, ha llevado a los ecuatorianos a emplearse de manera irreversible en la tarea de enterrar su pasado político, no sin antes saldar una que otra cuenta pendiente.
A mediados de 2006, cuando los AVC volvieron a juntarse, con los ojos puestos en la Asamblea Constituyente, casi todo el material de la película ya había sido filmado. Y el montaje estaba prácticamente listo cuando, no hace dos meses, el presidente Rafael Correa conformó una Comisión de la Verdad para investigar los crímenes de Estado cometidos en la guerra contra la guerrilla. La historia se movió más rápido que el equipo de producción. Así, esta película, que hace tres años habría llegado demasiado pronto, hoy resulta tremendamente oportuna. El 15 de mayo, cuando se estrenó en el festival EDOC, los periódicos traían la noticia de la desclasificación de documentos confidenciales del Estado. A partir de ese momento, la cinta adquirió una significación y se cargó de unos contenidos que su directora no había previsto. Eso, para un documental, es un logro enorme.

Para Isabel Dávalos, escarbar en la historia de AVC era una manera de atar algunos cabos de su memoria personal. Ese intento la llevaría a tratar de encontrar por lo menos un viso de respuesta a ciertas preguntas que el Ecuador no ha sabido o no ha querido responderse. Entre 1983 y 1988, cuando ocurrieron los hechos que narra la película, ella era una adolescente de clase alta que se enteró brumosamente del asunto pero, igual que la mayoría de chicos de su edad, fue sacudida por los acontecimientos. Una generación de colegiales ecuatorianos vivió ese capítulo de la historia como un gran shock mediático, y dejó volar sus miedos y sus fantasías ante el impacto de las noticias sobre rebelión armada y represión, secuestros espectaculares ymasacres, asesinatos sumarios y torturas. Eran años inseguros y turbios. De colegio en colegio volaban las historias de aquellos chicos que fueron sacados del país urgentemente por sus padres. Y los escuadrones volantes de la Policía, que no por nada eran conocidos como “violantes”, hacían sentir su omnipresente intimidación en las ciudades.

Una vez que el gobierno de León Febres Cordero obtuvo victoria militar sobre la guerrilla, todas esas historias fueron enterradas y quedaron sin explicación. Al margen de la vacía versión oficial de los hechos, expresada en frases como “se conjuró la amenaza” o “se extirpó el cáncer de raíz”, el país corrió un púdico velo sobre lo ocurrido. Pero para la generación de Isabel Dávalos, lo mismo que para los ecuatorianos menores de 30 años, que son la mayoría y que en esa época eran muy pequeños o no habían nacido, la historia de AVC quedó grabada en el subconsciente como un misterio sin resolver.

El punto de partida y el hilo conductor de ¡Alfaro Vive, Carajo!: del sueño al caos, son las sensaciones y los borrosos recuerdos de la directora. A lo largo de toda la película, ella vuelve una y otra vez a las viejas tomas de video casero realizadas por su padre en esa época, donde se la ve como en una burbuja, en la cómoda seguridad de su planeta infantil, mientras un país peligroso y amenazante se cernía al otro lado de la puerta de su casa. Dávalos se pregunta si ese clima de miedo e inseguridad que se respiraba en aquel entonces obedecía a causas reales o fue inyectado en la sociedad desde el poder. A partir de sus propias incertidumbres, emprende el camino de aproximación a la guerrilla: uno a uno van desfilando en la pantalla los máximos líderes sobrevivientes de AVC, así como algunos otros combatientes de menor rango. Una colección de testimonios de primera mano, reveladores muchos de ellos, ha sido reunida por primera vez para contar una historia jamás contada.Isabel Dávalos va hilando las historias de forma prolija y desapasionada, sin idealizar ni estigmatizar a los protagonistas, sometiéndolos a crítica (les reprocha, por ejemplo, el haber desaparecido de la actividad pública después de que entregaron las armas), pero siempre tratando de comprender los contextos y las circunstancias, de lugar y de época, que los llevaron a la convicción de que la lucha armada era una alternativa legítima de la política. Los guerrilleros de esta película no son ni el hombre nuevo del Che ni el terrorista sangriento del fin de la historia. Simplemente personas con convicciones firmes y el coraje necesario para jugarse la vida. Se enfrentaron contra un poder desmedido, prepotente y arbitrario, y fueron masacrados en lo más parecido a una guerra sucia que ha vivido el país, no tan sangrienta como las del Cono Sur, claro, pero quizá más perniciosa, pues fue perpetrada por un gobierno supuestamente democrático.

Para que un país pueda cambiar sus estructuras, para que logre enterrar su pasado, es imprescindible enfrentarse con los fantasmas y cerrar los capítulos que quedaron abiertos. En eso, precisamente, se encuentra la sociedad ecuatoriana. Por eso esta es una película importante. Por eso, también, el hecho de que su estreno se produzca al mismo tiempo que la constitución de una Comisión de la Verdad, es una coincidencia (o una concurrencia) pero no una casualidad. Tampoco lo es el hecho de que la generación que hoy está en el poder sea la misma (años más, años menos) que la de Isabel Dávalos. Esta película sólo podía provenir de esa generación. De algún modo, la búsqueda de respuestas de la directora es la misma del país.

En 1995, Jean-Luc Godard decía que el cine era un fracaso, que no supo cumplir con sus deberes. Era el año del centenario y estas visiones pesimistas se pusieron de moda. Según Godard, el cine, a diferencia de la literatura, se había limitado a existir en la historia pero sin permitir que la historia exista en él. Terminaba con una frase lapidaria: “el cine no estuvo en Auschwitz”. Pues bien: de esta película de Isabel Dávalos se puede decir que la historia no sólo la habita, sino que la trasciende. En el momento que vive el país, ¡Alfaro Vive, Carajo!: del sueño al caos es mucho más que cine.

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