Por Rocío Carpio

Hay una construcción innegable de la mujer desde la mirada masculina que el cine ha ayudado a perpetuar –entre otras artes y expresiones culturales- y que ha generado imaginarios arquetípicos sobre la feminidad, que a su vez han alimentado el sistema de valores y creencias de las sociedades occidentales. El cine ha sido el gran retratista de la mirada masculina sobre el concepto mujer. Y como toda construcción social, ha dejado por fuera las voces de la disidencia, en este caso, las voces silenciadas de la autorrepresentación. Aquella que dentro del sentido hegemónico de esa representación única, se ha establecido como una automirada desde el margen del canon. Mujer representando a mujer.

Hoy que los movimientos de mujeres se afianzan con fuerza gracias a fenómenos de masas que conectan una latitud con otra y vuelven trasversales las luchas por derechos, justamente vivimos un momento en el que buscamos –en todos los aspectos, social, cultural, político, ético, estético- la representación directa, sin mediación. La voz desde las mujeres. Y en este sentido el cine es un espacio de reflexión importante de cómo a través de los años las miradas, los conflictos y las representaciones mismas han ido cambiando. El cómo nos ven y cómo nos vemos tiene una vigencia perpetua -en perspectiva histórica- pues el cine también ha documentado (directa e indirectamente) todas las luchas desde las mujeres y el cómo las sociedades han ido evolucionando en esa mirada construida, quizás, espero, cada vez más deconstruida.

Hace pocos meses nos planteamos, entonces, la idea de hacer una muestra de cine que recogiera algunas de estas miradas y que, además, abriese un espacio de reflexión a propósito de una acción colectiva que se dio en la ciudad a través de las redes sociales.

¿Qué hacen 25mil mujeres hablando sobre sus experiencias íntimas más dolorosas en un grupo privado de Facebook?

A mediados del mes de enero de 2017, la iniciativa en redes sociales #MiPrimerAcoso #NoCallamosMás, previamente realizada en países como México y Brasil, se replicó en Quito-Ecuador con una respuesta masiva: más de 25 mil mujeres se unieron a un grupo privado de FB en el que expusieron sus testimonios de acoso, abuso y violencia de género por centenas y miles. La dinámica dada dentro de esta acción develó una realidad latente: la violencia de género está mucho más cerca de lo que las cifras formales revelan y de lo que la realidad maquillada por todos nos quiere contar.

Al palpar desde adentro lo que sucede con las mujeres y la violencia, el acoso y el abuso sexual (se reveló, por ejemplo, que el abuso sexual a tempranas edades es más común de lo que se creía), se llegó a la conclusión de que la violencia de género no distingue condición social, ni estratos, ni nivel de estudios. Es generalizada. Por lo que esta experiencia pondría en duda las cifras oficiales que se manejan: 6 de cada 10 mujeres han sido víctimas de algún tipo de violencia. Casi estaríamos frente a un 100% de casos positivos de algún tipo de violencia, acoso o abuso.

La muestra de cine #NoCallamosMás, busca de alguna forma dar una continuidad a ese movimiento que se consolidó como una iniciativa propia, directa, sin mediación, y propone ser un espacio desde las mujeres que convoque al público en general, en el que no solo se reflexione alrededor de la mirada masculina, sino desde la contextualización de la problemática de género, la evaluación histórica y la autorrepresentación.

Filmes como Las Sufragistas (2015) se constituyen en una propuesta de representación directa: mujer retratando mujeres, pero además, se trata de un filme que narra uno de los hitos más importantes de las luchas feministas: la consecución del derecho al voto. Dentro la contextualización histórica de la representación desde las mujeres, no puede quedar fuera el cine pionero feminista de Agnés Varda y Chantal Akerman. Dos obras maestras del cine, vanguardistas en términos formales, que retratan sin mediación al constructo social femenino desde las propias contradicciones entre la mirada masculina y la mirada propia.   Cléo de 5 a 7 (1962) de Varda y Jeanne Dielman, 23 quai du Commerce, 1080 Bruxelles (1975) de Akerman, son dos joyas imperdibles de esta muestra.

Avanzando en el tiempo, con una propuesta contemporánea en clave de mumblecore, está Frances Ha (2012), escrita y protagonizada por Greta Gerwig, quien logra deconstruir la mirada masculina desde el cine, al plantear una trama en la que el conflicto femenino no gravita alrededor de su relación directa con un ethos masculino, sino con la relación mujer-mujer. En esa misma línea está Esas no son penas (2005) de Anahí Hoeneisen, cuyo eje argumental es la sororidad, término entendido como aquellas redes de hermandad entre mujeres que fortalecen a unas y otras.

Ya dentro de la problemática de género están filmes como Las Elegidas (2015), una bien lograda radiografía de cómo operan las redes de trata de mujeres, cuya propuesta formal renueva en cierta medida la desgastada estética del cine realista-social. En la misma línea está el filme Te doy mis ojos (2003), con una temática sobre violencia machista, que plantea desde el cine una denuncia sobre un problema de urgencia social, cuya visibilización en los últimos años, no obstante, no ha detenido a las cifras que año a año se repiten o aumentan.

Dentro de la idea de la mirada masculina construida desde el cine, hemos propuesto dos directores emblemáticos que en gran medida han retratado a las mujeres con una sensibilidad particular: Ingmar Bergman con Persona (1966) y Pedro Almodóvar con La flor de mi secreto (1995). Dos filmes absolutamente disímiles que retratan el universo de las mujeres desde una específica forma de construir personajes femeninos.

Por último, esta selección presenta otro imprescindible: Public Speaking (2010) de Martin Scorsese, un retrato biográfico documental de la autora Fran Lebowitz, quien se ha consagrado como una de las grandes escritoras de finales del siglo XX en los Estados Unidos.

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