Por: Gabriela Paz y Miño
Una mujer canta, en un psiquiátrico, una canción de Billie Holiday. Vestida de negro, los gestos justos. Con el alma volcada en su interpretación, parece ajena a lo que ocurre alrededor. Pero entre el público que escucha, sobre todo entre las mujeres, hay corazones que hacen «crack» y miradas que se descongelan. Pocos minutos después, los pacientes del centro de salud mental suben al escenario y cantan. La secuencia imposible de prever en detalle- fue filmada íntegramente por el cineasta Rabah Ameur-Zaïmeche, en su filme «Bled Number One».
En la sala 1 del cine OCHOYMEDIO, en una noche lluviosa de sábado, estas imágenes tienen un efecto didáctico. ¿Qué mejor manera de explicar lo que es «improvisar el cine», concepto básico de la charla que el músico y académico francés, Gilles Mouellic, dicta para el público de la muestra «Cine Jazz»?
Improvisar, como el antónimo de controlar, y como el equivalente al riesgo de dejar en manos de los actores, por pocos minutos, lo que pase en escena. Cualquier cosa que esto sea. La improvisación se centra sobre todo en lo corporal, más que en las palabras: Mouellic desgrana un concepto tras otro frente a un público atrapado por las hermosas secuencias que ha escogido para su charla. Hermosas, sorprendentes o hilarantes (como aquella escena del filme  Du côté d’Orouët, en la que tres chicas mueren de risa y de susto cuando unas anguilas se escapan de un recipiente por la torpeza de un joven que disfruta del enredo tanto o más que ellas). La situación fue planteada por el director. Obvio. Pero lo que pasa dentro de ella (risas, gritos, carreras, portazos, empujones: todas reacciones espontáneas de actores aficionados) es resultado de la improvisación, y del riesgo que tomó el cineasta.
Algunas son escenas planteadas, desde su concepción, con el espíritu de una jam sesión (hay una estructura prevista y sobre ella se deja libres a los actores para improvisar). Otras son imágenes que, a partir de un imprevisto o un accidente, dan giros inesperados que el director aprovecha sin dar la orden de “corte”, y que ponen a prueba la capacidad de improvisación de los actores (como la secuencia amorosa, también proyectada en la charla, en que Gerard Depardieu e Isabelle Huppert reaccionan sobre la marcha cuando se rompe una pata de la cama).
Todo eso mostró Mouellic. También habló de cómo cine y jazz han coqueteado desde su origen, aunque no en todas las ocasiones el segundo haya sido retratado de la manera más justa en el primero. Es el caso de la película The king of jazz (años 20), en que se proclama rey del jazz a un blanco.  La evolución de esa relación –desde los “race movies” hasta la época en que los grandes directores (Scorsese, Altman, Eastwood…) de los 80 se interesan en el jazz por el jazz- fue analizada por el académico. El cine, aseguró Mouellic, ha tomado al jazz como modelo de creación. Llevar la improvisación, técnica propia del jazz, al séptimo arte ha dado pie a que directores jóvenes dejen atrás la idea de que todo debe estar controlado.

Casi dos horas duró la charla del sábado. Mouellic se guardó varias secuencias, que no logró proyectar por falta de tiempo. A cambio, contestó cada una de las preguntas de un público interesado y atento, que no lo dejó ir antes de las 22:00. 

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