Recuerdo cuando filmábamos Entre Marx y una mujer desnuda, la película de Camilo Luzuriaga, allá por los años noventa. Una escena sucede durante una fiesta en la sede del partido comunista. En un momento, Margara María, protagonista de la historia, mujer militante de izquierda, defensora de sus ideales, joven, bonita y siempre crítica de las actitudes de los hombres de su partido, ingresa a un cuarto solitario donde al fondo se ve un cuadro enorme de Lenin. Inmersa en sus dudas y pensamientos, es sorprendida por detrás por Braulio, secretario general del Partido y candidato a diputado por el mismo. Él la besa en el cuello. No se sabe si ella lo acepta o no, solo cierra los ojos hasta caer de bruces en el piso con el cuerpo de Braulio encima. Ella no grita, no se defiende; apenas un pequeño gesto de rechazo se refleja en su rostro mientras se escuchan los gemidos de Braulio. Él tiene el poder, debe someterla, debe hacerle entender que ella solo sirve para ser poseída sexualmente. Él la viola en silencio. El resto de los militantes, incluido el intelectual revolucionario Gálvez, su pareja en silla de ruedas, disfrutan de la fiesta.

En esa época, muchos hombres de izquierda llevaban el pelo largo, gorras del Che y lentes gruesos, fumaban habanos y nos trataban de compañeritas. Se asumían antipatriarcales y hasta feministas ( aunque en ese tiempo no eran común el término ). Se decían solidarios; abrazaban y besaban a todas por igual. Gritaban consignas a favor de los derechos de todos. En las asambleas hablaban con grandilocuencia y muchas mujeres quedaban prendadas de sus discursos, y ellos lo sabían. Saboreaban ese poder. Por eso, luego de varias copas, era común escucharles decir que se habían “comido a todas”. Era rumor, comentado en los pasillos, que luego de las fiestas, asambleas, reuniones del partido y marchas ejercían sobre sus parejas violencia física y psicológica, lo que desentonaba radicalmente con sus discursos de construcción del hombre nuevo.

Muchos de estos machos de izquierda (con las excepciones de toda regla) se volvieron figuras públicas. Se hicieron famosos en la política y hasta llegaron a ser parte de varios gobiernos, pero siguieron siendo, por dentro, iguales que el Braulio de la película. Jamás admitieron, ni admitirán, que eran machistas y misóginos. Cuando alguien se atrevía a decírselos, se defendían con vehemencia, sin darse cuenta de que esa vehemencia era directamente proporcional a la dimensión de cuan machos y violentos eran. Tildaban a las mujeres que se atrevían a encararles, de “feministas bigotudas”. Eran parte del mismo sistema que decían, a gritos, que había que cambiar. Sin embargo reivindicaban su propia historia patriarcal. Avalaban, escondidos, el sistema detrás de su máscara de hombres nuevos, aunque ya eran viejos y cada vez más violentos.

Pero lo triste de todo esto, fue y será, el silencio ensordecedor de las mismas mujeres que fueron testigos de la violencia solapada de estos machos. Se pusieron del lado de ellos y, aunque veían el llanto silencioso de muchas Margaras Marías, viraban la cara y seguían de largo, al igual que Ríspido, el poeta grafitero, lo hace en la película cuando ve lo que Braulio comete.

¿Fue Entre Marx y una mujer desnuda un filme premonitorio de lo que pasa ahora o retrató solamente el espíritu de una época? ¿No se trató, entonces, de ninguna persona, hecho o institución como decía su director en ese momento? Ahora lo dudo. Estos hombres de izquierda, personajes de la película y de la vida real, ensalzaron el pensamiento progresista. Y, por principios, debían haber sido feministas de carne y hueso, de verdad; pero no lo fueron. Sus pares de derecha, igual de machistas y misóginos, defendían valores tradicionales que los hombres de izquierda decían combatir, pero en la intimidad eran exactamente igual que ellos. Por eso están en deuda enorme con la historia en términos de genero.

En la vida, como en la película, la desilusión llegó pronto y muchas abandonamos el partido que no tardó en convertirse en una desvencijada institución caduca y anacrónica. Y estos hombres se quedaron en nuestra memoria y mientras escribo esto me tiemblan y sudan de nuevo las manos, pero estoy convencida de que hay que decirlo ahora, después de tantos años, aunque con ello venga la excomulgación definitiva.

Entre Marx y una mujer desnuda  fue el autorretrato de una generación que creyó que otro mundo era posible, cuando todo estaba prohibido, hasta el amor, como rezaba su tráiler. Pero lo que pasa ahora supera cualquier ficción posible y hay que develar a todos los Braulios de hoy. Porque la violencia contra la mujer sí es de todos, derechas e izquierdas, llámense Bertolucci, Allen, Polanski, Trump y un largo etcétera.

Mariana Andrade
Gestora cultural y productora de cine

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