


En las primeras décadas del Siglo XIX, Francia ocupó Argelia. Los colonos franceses se instalaron masivamente en esta nación africana de complejas raíces árabes y turcas, confiscaron y compraron tierras baratas y se convirtieron en una élite privilegiada. Hubo resistencia de varios nacionalistas argelinos, entre las que surgieron figuras heroicas y legendarias. Entre tanto, los franceses se referían, con total sentido de la propiedad, a su “Argelia francesa”.
La traición es un filme dirigido por Phillipe Faucon, cuyo argumento se basa en una novela de Claude Sales. Aborda un momento en la larga historia de ocupación francesa en Argelia y, especialmente, en la lucha por la independencia llevada a cabo por los nacionalistas, en los años 60; exactamente el lapso brevísimo comprendido entre el 5 y el 17 de marzo de aquel año, en una región del sureste argelino. Mediante la estructura de una crónica, pero con la estética del detenimiento y la morosidad, el filme muestra que el transcurrir del tiempo no implica avance, sino encierro en una cárcel implacable.
En 1913, nacía en Argelia Albert Camus, el gran escritor existencialista. Educado en la universidad de Argelia, autor de obras narrativas y ensayísticas, dueño de una trayectoria intelectual y política en el país en que nació y en París, es juzgado un escritor francés. El discurso de De Gaulle, durante los años de la II Guerra Mundial, fue que en Argelia todos eran franceses. Camus escribió en 1942 El extranjero, y Argelia sería, a partir de allí, el telón de fondo de la mayoría de sus relatos. Él declaró alguna vez que “desde el momento en que se decidió a no matar y a ponerse siempre del lado de las víctimas, se condenó a un exilio definitivo”.
En algo así como un largo exilio están los batallones del ejército francés, en guerra desde hace seis años contra rebeldes del Frente de Liberación Nacional de Argelia. Aquellos llegan a preguntarse si la patria los ha olvidado y si ha tenido sentido luchar en otros países a nombre de un Estado que es ingrato con sus soldados; al mismo tiempo, los argelinos que forman parte del ejército de ocupación no necesariamente se sienten franceses. A menudo, dicen, nos llaman “moros de mierda, turcos de mierda”. Ser franceses, y ellos lo saben, implicaría, en verdad, ser ciudadanos franceses.
La película es lenta. Por momentos, nos recuerda el tono de un documental, pero el detenimiento en las distintas soledades de los involucrados la ubica como una estructura artística, uno de cuyos ejes más importantes es la imposibilidad de la comunicación humana y del acceso al otro. Los franceses no hablan árabe, y algunos argelinos tienen la ventaja del bilingüismo. En su hermético silencio, las mujeres y los niños argelinos protegen lo poco que les queda por preservar: la modesta casa, la huerta mínima. El filme recrea también la historia de la población civil de Argelia, permanentemente expulsada de sus aldeas por guarecer a los “terroristas”; la de varios franceses de nación, que viven un exilio no solamente físico sino también moral y político; y la de los cuatro soldados argelinos, miembros del ejército francés, conducidos forzosamente a la traición, primero de sus propios hermanos de sangre y, luego, del país invasor a cuyo ejército han debido servir desde hace años. No hay héroes.
Tal vez de modo similar a como ocurrió con Camus, los protagonistas de La traición, en medio de un contexto político arduo: la lucha de las naciones por deshacerse del dominio francés, tienen que enfrentar situaciones humanas extremas, independientemente de su lugar de origen, como la muerte de sus congéneres, la enfermedad y agonía de una población civil indefensa, la desconfianza en el compañero, además de la que se tiene en el adversario –y tal vez ambos sean el mismo ser–, la delación, la mentira, la humillación, la mirada acusadora y llena de dolor de una mujer, que siempre podría ser la propia madre.
Hasta cierto punto distante, objetiva, seca, La traición muestra de manera implacable a unos hombres, en un momento de la historia, convertidos en apátridas, víctimas de las órdenes superiores y de una lógica estatal inapelable, alejados de su lugar natal, convertidos, casi sin quererlo, en verdugos de sí mismos y de los ciudadanos de una nación tomada.