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Los amantes asiduos impresiona, en primer lugar, por su ambición sin paralelo dentro

del cine francés contemporáneo: atreverse con el mayo del 68 y las esperanzas perdidas que lo siguieron para agregarle a este retrato generacional la historia primigenia, siempre única, del nacimiento del amor. Unir la revolución política con la revolución íntima, los revolucionarios de una noche con los amantes estables. Una ambición semejante exigía una forma amplia (tres horas) y un corte inaugural (68 y luego 69) que confronta el mes de mayo condensado en una noche épica a la cotidianeidad atemporal de una banda de soñadores que transforman con elegancia el opio en amor y el amor en opio.

El 68: dos cascos blancos cubren dos cabelleras oscuras que se agitan en la noche. Los motociclistas de Cocteau, nuevos Orfeos, tiran panfletos en medio de las ruinas. François (Louis Garrel), con la mano vendada, hace la experiencia inaugural de lo que en otro filme de Garrel había formulado con fuerza: “Libertad, la noche”. Alrededor, París reducido a la nada, ya no hay ni Barrio Latino ni Boulevard Saint-Michel, apenas unos paneles apoyados en el suelo y panfletos que tapizan un gran terreno vago. Reducido a una noche, mayo se convierte en un acontecimiento mítico. A la mañana, todo habrá terminado. Los niños vuelven a su casa, como después de la escuela y le cuentan la aventura a su madre. La madre recoge los zapatos sucios de la alfombra mientras que el niño se va a la cama. Los amantes no caen en la nostalgia edificante, pero le da un lugar, por momentos gracioso, a la despreocupación de esos jóvenes tan serios : los estudiantes son tan ingenuos que se asombran de la carga de la policía y sueñan con una revolución sin víctimas. El 69 : los irreductibles no se han rendido. Una escena impresionante en un club nocturno convierte el caos de la calle en una coreografía inspirada en las palabras “This time tomorrow / Where will we be ?”. Reunidos en un departamento abierto a todo, la inocencia salvaje domestica la cotidianeidad. Es la antítesis perfecta de Dreamers de Bertolucci (también con Louis Garrel) que transformaba el departamento común en un fantasma convencional de niños malos : una cama de a tres para épater le bourgeois. Acá no son tres sino cinco, o diez, nunca se sabe demasiado, se reconocen algunos, otros no, la tribu se agranda y convive. 

El título hace pensar en un filme sobre la pareja, tema recurrente en Garrel. Sorprendentemente, el delicado equilibro no sacrifica el grupo a la pareja, sino más bien al contrario: de la vida de los amantes Lilie y François, Garrel filma paseos nocturnos recubiertos con la música de Jean-Claude Vannier, como si esos amantes no tuvieran gran cosa que decirse. Es que el corazón de este díptico generacional está posiblemente en otra parte : en la soledad que encierra el cuerpo de cada hombre, cualquiera sea la comunidad (amantes, amigos) que lo contiene. Clotilde Hesme mira de pronto a la cámara y declara, con una simplicidad que contrasta con una frase tan definitiva : “Es increíble la soledad que hay en el corazón de cada hombre.” Mediante un sistema de muñecas rusas, el filme pasa del grupo a la pareja, de la pareja a la soledad. De un retrato histórico precioso a una confesión existencial.

Que el hijo del cineasta interprete un François inspirado en la vida de Garrel marca tanto el retorno sobre su propia juventud como la oportunidad de filmar a Louis hoy. El joven actor está sublime gracias a la mezcla de convicción afiebrada y autoironía que desarrolla en su papel de poeta maldito. Louis Garrel no imita a nadie pero se puede encontrar en él algo de Jean-Pierre Léaud, la malicia del actor del burlesco, la rapidez del gesto, la conversión brusca de las emociones. El blanco y negro duramente contrastado de William Lubtchansky acentúa su aire de belleza tenebrosa, su mirada negra y sus cabellos negros sobre una camisa blanca. A su lado, la cámara ofrece los más bellos retratos de frente y de perfil del rostro de Clotilde Hesme.

En una escena de magia muy graciosa alrededor de un plato de sardinas, Philippe Garrel filma a su hijo con su abuelo Maurice y su madre Brigitte Sy. Allí aparece de nuevo la gran ambición de filmar tanto el tiempo pasado como el tiempo que pasa, de transformar el mito de mayo en un almuerzo familiar en una mesa de fórmica. Los amantes asiduos no se hunde en ninguna nostalgia; permanece ligera, graciosa, bailarina. Incluso el suicidio, presente en todos los filmes de Garrel, está balanceado por una broma susurrada por un ángel. Que el “sueño de los justos” sea también una “tontería” es una muy buena noticia luego del suicidio programado del glacial Vent de la nuit. Desde ese suicidio sin retorno de Daniel Duval, que inundaba de melancolía los filmes de los años 90, el retorno a la juventud con Sauvage innocence y Los amantes asiduos suena tal vez a una juventud de emergencia. (Gracias a Jean-Michel Frodon, editor en jefe de “Cahiers du Cinema” por permitirnos reproducir este artículo. Gracias a Quintín y Flavio de la Fuente por la traducción).