

La sistemática devastación de la selva tropical brasileña, en aras del progreso y del desarrollo, que podría cambiar la ecología del hemisferio, es el tema de Iracema, un semidocumental dirigido por Jorge Bodanzky y Orlando Senna, realizado en 1975. Iracema se ha estrenado en Nueva York en 1982. En Brasil apenas pudo ser visto en 1985, luego de años de una dictadura que censuró la película.
El trillado sueño brasileño de una gran autopista trans-amazónica, y de su construcción, es el antecedente de la historia contada por Bodanzky y Senna. Iracema, una pequeña niña indígena, que parece un poco mayor de los catorce años que dice tener y tiene una cara de un delicado ángel marrón, deja su casa ubicada en medio de la selva adentro, para llegar a la ciudad de Belem. Allí, en la tierra de la abundancia –radios a pilas, amuletos plásticos, festivales callejeros, moteles y comidas– decide vestirse con poca ropa y se convierte en prostituta. Belem es, de todas maneras, un mercado de compra y venta. Pronto, decepcionada por la vida en la ciudad, Iracema conoce a Tiao, un camionero pragmático e independiente, que se gana la vida con el comercio de ida y vuelta entre la civilización y lo salvaje. “Creo en un futuro de riqueza y progreso en Brasil” dice Tiao con sarcasmo. El paisaje brasileño que recorren Tiao e Iracema, mientras tanto, está siendo destruido por inversionistas oportunistas, tierras abandonadas y burócratas corruptos. Las selvas se destruyen, la vida animal es asesinada, y la población indígena dejada a su suerte, entre la miseria y la desesperación. Aquello se constituye en el destino de Iracema.
Bodanzky y Senna (quien ejerció por varios años, durante el presente gobierno brasileño de Luiz Inacio Lula da Silva, el cargo de Secretario Nacional del Audiovisual), otorgan a sus dos personajes principales una suerte de fresca compasión, como si desarrollarlos más pudiera trivializarlos. Tiao, muy bien interpretado por Paulo Cesar Pereio es cruel, pero no infunde malicia. Es un realista. Ha visto demasiadas niñas indígenas como Iracema, de modo que no se conmueve con su situación. Cuando se cansa de su compañía, él simplemente la saca del camión, en la mitad de la selva, y continúa su periplo. Luego de varios meses en la carretera, la que una vez fue la hermosa y festiva Iracema, ha perdido ya algunos dientes y es ahora una muchacha flemática, con una gran habilidad para adaptarse a cada nueva humillación. No tiene idea de que el mundo puede ser diferente a eso. Edna de Cassia, brinda una excepcional interpretación: es una víctima que no sabe que es víctima.
Iracema es una película furiosa. Jorge Bodanzky y Orlando Senna (que contaron con la colaboración de Wolf Gauer en la dirección) expresan gran frustración y pesismismo. Para ellos el presente y el futuro de Brasil están dominados por la pobreza y la explotación. La cámara, sin embargo, mira todo desde cierta distancia, tal como Iracema ve el mundo. No es hasta el último fotograma, en que nos damos cuenta de toda la rabia y la congoja de los realizadores. (*) Originalmente publicado en NY Times, en septiembre de 1986.
