OCHOYMEDIO 2007, Valladolid N24 - 353 y Vizcaya, 2904720 , La Floresta - Ventura Mall, Tumbaco

Se puede definir a Cocalero como un documental político y a la vez como un documental de aventura. En una primera instancia parecería más lo segundo, pero es un error.

El personaje central, un tipo sumamente simpático y seductor, nada menos que el presidente boliviano Evo Morales, es objeto de un retrato cordial por parte de un reportero que parecería creer que la dimensión de la verdad es directamente proporcional al grado de entrometimiento de su cámara. En ese lado de la historia ocupa un lugar central la aventura, es decir, el movimiento constante, la sorpresa de acciones y de lugares. Si a esto sumamos que una carrera electoral garantiza casi siempre una trama entretenida, dado que los giros que articulan el desenlace se ofrecen de modo natural, tenemos que Alejandro Landes apostó a una historia triunfadora desde el inicio.

Pero decir que el éxito del filme radica en su fórmula sería desmerecerlo. Digo esto porque Evo no debe ser un tipo fácil y porque, según me contó Landes tiempo después, todo parece indicar que a Evo el filme no le pareció tan acertado. Políticamente acertado, es de suponer. Cuenta Landes que el presidente boliviano asistió al estreno del filme en el Chapare rodeado de otros miles de cocaleros. Alejandro se sentó a unos pasos del presidente y trató infructuosamente de descifrar su expresión a lo largo de la proyección. No lo consiguió tampoco después, cuando, acabada la función, Evo se levantó y se subió a toda prisa al helicóptero en que había llegado. Alejandro lo vio partir y solo tiempo después supo que Evo, si bien había disfrutado la aventura, había echado de menos la exposición de sus convicciones políticas.

Recuerdo que cuando la vi en una sala vacía en Guadalajara, también me sentí extrañamente insatisfecho. Sin embargo, lo que echaba en falta como espectador de filmes de aventura era precisamente lo que la volvía interesante: el corte de la película seguía un patrón de clímax interruptus encaminado a que la emoción nunca resulte enteramente satisfecha. Me pasó lo mismo que a Evo, aunque de otro modo. Yo no aspiraba a usar el filme con fines proselitistas, claro está, sino a agotar las posibilidades de la distracción que el tono del filme prometía en sus primeras escenas en gran medida gracias al muy logrado trabajo de Leo Heiblum y Jacobo Lieberman en la banda sonora.

Hay una escena que define muy bien lo que estoy tratando de decir. Evo viaja a bordo de un automóvil por las calles del centro de La Paz. De pronto se baja del carro y comienza a caminar apresuradamente por la calle. El director de fotografía, Jorge Manrique Behrens, lo sigue con destreza admirable y nos conduce por un laberinto urbano en que el candidato se ve rodeado por los saludos de sus simpatizantes y la notoria indiferencia de los transeúntes. Así llegamos a una plaza en la que se han congregado decenas de miles de personas y Evo se abre paso hacia una tarima. Como es natural, el espectador espera asistir a la ovación y al discurso que siguieron, sin sospechar que en su sala de montaje Alejandro Landes había elegido decepcionarlo.

Esta elección es la que hace de Cocalero un filme político porque elige distanciarse de las motivaciones del sujeto retratado y de los imperativos de la actualidad. Es la elección de un director que nos dice: no es por allí, una vez más te dejaste llevar por la aventura… y sin embargo, no cesa de sumirnos en ella, estableciendo un perpetuo viaje de ida y vuelta entre la anécdota y el sentido de la anécdota. Mirar ese recorrido por el centro de La Paz como un preparativo para el “plato fuerte” – el mitin, la ovación – es mirarlo con los ojos de la comodidad del filme de aventura. Mirarlo como un hecho importante en sí mismo, como un acontecimiento incluso más importante que el mitin y la ovación, es pasar al registro de una mirada más atenta al sentido que a la apariencia.

Landes consigue de este modo elaborar un sincero retrato emocional y político de Bolivia. Un retrato marcado por el racismo, la fuerza militar, el sindicalismo cocalero y la sencillez de un líder. El rigor adusto de la plana mayor del ejército reunida en un coliseo de deportes en el que Evo habla de la subordinación de las Fuerzas Armadas al poder civil es un logro notable del filme. Los militares latinoamericanos, tema entre los temas, aparecen aquí retratados en toda su dudosa solemnidad.

No vamos a decir que la película, pese a todo, no es conducida por una mirada hasta cierto punto superficial. Puede haber algo de ello. Una mirada joven, curiosa pero distante, amigable pero blanco-mestiza, alucinada por la diferencia. Esto, sin embargo, no hace que el filme caiga en el exotismo. Lo más blanco-mestizo del documental de Landes es acaso su narración directa y clara, y el uso eficiente del tiempo y del diálogo. Eficiencia y claridad que ayudan al espectador a entrar en el universo del cocalero. ¿Fue eso talvez lo que molestó a Evo en el estreno? No lo sé. Solo sé que Cocalero vale la pena como documental político y de aventura.